Los humanos escribimos —cuando no escribimos historia ni somos periodistas— porque tenemos que hacerlo. Sin mensaje alguno, dejando que se escriban por sí mismos el poema, el cuento, la novela.
Más
importante que las ideas de quienes escribimos es el placer que generamos y las
emociones que provocamos a quienes nos leen. De tal manera que el mayor logro
de los literatos es que los lectores recuerden más aquello que han leído que
aquello que han vivido.
Escribimos
para que se nos entienda, con sencillez. Bueno, no todos. Con una sencillez
dificultosa, porque lo sencillo no es sencillo.
El
historiador escribe a favor del tiempo. El poeta y el novelista escriben contra
el tiempo. Escriben como una orden lo que creen que sueñan, pero con
sinceridad. Con la certeza de saberlo falso.
¿Por
qué hay quien pregunta para qué sirve la poesía, queriendo transmitir que en
realidad no sirve para nada? Es todo tan raro. ¿Acaso alguien pregunta para qué
sirve la muerte?
Hay
algo como de hábito eterno en la poesía. Un hábito eterno que puede ignorar la
mismísima realidad. Y convivimos con ella agradeciendo a menudo sus regalos.
El
libro es un instrumento humano, el único que en lugar de salir del cuerpo de
las mujeres que escriben, de los hombres que escribimos, sale de nuestra
imaginación y de nuestra memoria.
Todo esto no lo digo yo. Lo dijo Jorge Luis Borges. Bueno, y ahora yo, un poco.
[cita inicial de Miguel Cobo Rosa]
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