No olvides que la verdad no siempre es verosímil, pero escribir Historia no es escribir novela, no se trata de dotar a lo escrito de la verosimilitud que se busca cuando se escriben las novelas, se trata de que lo escrito no sea arbitrario, se trata de que se parezca a la verdad todo cuanto sea posible, se trata de que sea irrefutable, demostrable, tan cierto como lo que solemos considerar cierto.
Sólo un milagro puede explicar que la humanidad haya llegado hasta aquí: en
eso consiste la Historia, en explicar ese fabuloso milagro.
Los historiadores contemporaneístas españoles somos de tres tipos.
Están los que ven a Franco por todas partes, los que quisieran que Franco
estuviera por todas partes y los que ponemos a Franco en su sitio.
Para saber sobre el pasado no hace falta haberlo vivido, si no qué pintaríamos los historiadores en todo esto: yo viví durante la Movida, pero no viví 'exactamente' la Movida, la rocé, la contemplé, la escuché, sobre todo la escuché, y ahora todo lo que sé sobre ella no es básicamente lo que recuerdo de ella.
Como bien escribe el historiador español Julián Casanova, “los
historiadores necesitamos años, décadas, para averiguar los hechos más
relevantes del pasado, reconstruir el curso de los acontecimientos, sacar a la
luz las intenciones de sus protagonistas. Una mirada rigurosa a la historia
exige para nosotros, necesariamente, la aplicación de métodos críticos para
evaluar las fuentes, la adopción de técnicas reconocidas para presentar y
editar el material y un notable ingenio para detectar los errores en la transmisión
de la información y determinar la fiabilidad de los testimonios individuales.
Otra cosa muy distinta es la opinión”.
Los historiadores no somos escribas. Si hablas de escribas no los llames
historiadores.
En 1953, el historiador estadounidense Moses
I. Finley (que hubo de trasladarse al Reino Unido y nacionalizarse
británico tras ser perseguido y cancelado durante la llamada caza de
brujas macartista) escribió que "lo que hay que cambiar es el mundo, no
el pasado".
La Historia nos enseña muchas cosas, sobre todo cuánto del pasado hay en el presente, pero muy poco sobre lo que es siempre bueno y siempre malo.
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