La tercera novela del grandioso novelista británico Ian McEwan se titula Niños en el tiempo (originalmente The child in time), fue publicada en 1987 y traducida espléndidamente a mi lengua dos años más tarde por Javier Fernández de Castro.
“La subvención de los transportes
públicos es algo que desde hace tiempo se relaciona, tanto por parte del
gobierno como de los ciudadanos, con la negación de la libertad individual”.
Así da comienzo la novela. McEwan y su implicación con la realidad
como preámbulo para una de sus novelas, tan grandiosamente repletas todas ellas
de sentimientos, vivencias, problemáticas sociales y… literatura. Literatura
sobre nosotros. Los humanos.
“El arte del mal gobierno consiste
en romper la línea que separa el interés público del sentimiento íntimo, el
sentido del deber”.
Pero no temas, lector. McEwan no es un panfletario. Nada de eso.
El protagonista de Niños en el tiempo es Stephen Lewis, exitoso escritor de libros infantiles (experto en el “vagabundeo mental”) en una Inglaterra que suponemos actual (la novela, recuerda, es de la década de 1980), pero a la que Ian McEwan añade o matiza con algunos detalles inquietantes, el mayor de todos, que se han autorizado cuotas de mendicidad callejera.
Lo digo ya, el título no engaña: esta es una novela sobre muchas cosas,
pero especialmente sobre la infancia, sobre los niños y la sociedad en la
que crecen. Y lo es siendo sobre todo una novela sobre, ya digo, otros
muchos asuntos que no acaban de encubrir por completo su portentoso eje. Una
novela sobre la infancia y, claro, sobre el tiempo. El tiempo, tal y
“como el pensamiento lo construye”: ese tiempo que “prohíbe monomaníacamente
las segundas oportunidades”. El tiempo no como algo absoluto, sino según
“nuestro débil y peculiar entendimiento” lo asume, lo vive, lo sufre, lo
disfruta.
¿Por qué se desvanece el amor? McEwan enfrenta a sus protagonistas, Lewis y
su mujer, a una situación traumática que prefiero no mencionar para no
estropear el interés a quien decida leer esta novela inigualable.
“La pérdida había hecho aflorar en
ellos los extremos de sus personalidades. Descubrieron un grado de intolerancia
mutua que la tristeza y el shock hacían insufrible […].
No podían dar o recibir consuelo,
luego tampoco existía el deseo […]. Si había amor, éste permanecía oculto,
fuera de su alcance”.
Las formas de afrontar el sufrimiento: el ensimismamiento indolente,
alguna “rutinaria y frenética mímesis del dolor”. Todo ello bulle, vibra,
brilla incluso, en la novela del genial escritor británico.
La educación es un asunto que de alguna manera modula toda la novela
sin protagonizarla. Niños en el tiempo está repleta de un análisis sutil
del sistema educativo, de lo que la sociedad civil puede esperar de la
enseñanza y el aprendizaje y de cuanto obtiene de ellos. Aquella Inglaterra es
la de unos tiempos en que lo relacionado con la Educación (en mayúsculas de vez
en cuando en el libro) se vincula con “una profesión sórdida y desprestigiada”.
“La idea de que cuanta más educación
tenga la población más fácilmente podrán resolverse sus problemas desapareció
sin ruido. Desaparición que se debió a la renuncia de un principio más general
según el cual la vida en conjunto iba a ser cada vez mejor para un número mayor
de gente, y que era responsabilidad del gobierno poner en marcha esa dramática
culminación de potencial mediante una ampliación de las oportunidades”.
En Niños en el tiempo asistimos al triunfo de un gobierno cuyos
“deberes gubernamentales se habían redefinido en términos más simples y puros:
mantener el orden y defender al Estado contra sus enemigos”. Todo ello en una
sociedad como la nuestra, esa que se plantea su intervención política desde dos
ópticas abiertamente enfrentadas: “apoyar al débil o ayudar al fuerte a
avanzar”.
McEwan llega a esbozar subrepticiamente, con un estilo inmejorable, la
lucha que el feminismo aún ha de mantener en nuestros días después de
décadas, siglos, de justa y obstinada reivindicación. Existe una fe entre los
hombres respecto de “las instituciones que ellos y no las mujeres habían
configurado”, pero éstas, las mujeres, “mantenían un principio diferente de
individualidad, según el cual el ser era más importante que el hacer”. Solo
podía ser visto como subversivo por parte de los hombres tal pensamiento, de
tal manera que “las mujeres se limitaban a rodear el espacio en el que los
hombres ansiaban penetrar: y de ahí surgió la hostilidad masculina”.
También adelanta McEwan la esencia de las guerras culturales que hoy
vivimos, leámosle:
“Era el viejo problema de la
teorización: se adoptaba una postura, se plantaba la bandera de la identidad
y la autoestima, y se combatía a muerte a todos los oponentes. Cuando no
había pruebas para presentar, todo era cuestión de agilidad mental y
perseverancia. Y no había campo más rico para la especulación, asertivamente
presentada como hechos, que la educación”.
Pero es el trauma la sonda que rastrea el alma de esta novela: la pérdida.
Y ahí McEwan traza con un arte exquisito la idiosincrasia narrativa de Niños
en el tiempo:
“Casi tres años y seguía enganchado,
seguía atrapado en la oscuridad, envuelto en su pérdida, configurado por ésta,
perdido para las corrientes normales de sentimientos que se movían muy por
encima de él y que pertenecían a otra gente”.
Siempre que leo a Ian McEwan, lejos de empequeñecerme ante su deslumbrante grandeza literaria, me veo, al contrario que Lewis, incapaz él de surcar ese aliento creativo, envuelto “de la energía y el optimismo esencial que hace posible el esfuerzo de escribir”.
“La memoria no tiene nada que
ver con los años. Recuerdas lo que recuerdas. Tengo tan clara ahora como
entonces la primera vez que puse los ojos sobre tu padre”.
La infancia, en definitiva. ¡Qué gran novela es esta compleja y sencilla a
la vez novela de Ian McEwan!
“La infancia era para él intemporal
y hablaba de ella como si fuese un estado místico”.
Y no, The child in time no tiene nada que ver con la canción de Deep Purple, Child in time, de 1970, sobre la que escribiré tarde o temprano.
Comentarios
Publicar un comentario
Se eliminarán los comentarios maleducados o emitidos por personas con seudónimos que les oculten.