Existen libros maravillosos en los que sentimos las respiraciones humanas y eludimos el sentido de la vida.
“Sentirme como el
sosiego y como el viento”.
Es el caso de la segunda novela escrita por la estadounidense Jesmyn Ward, Quedan los huesos, publicada en 2011 y traducida espléndidamente al español dos años después por Celia Montolío. Salvage the bones (ese es su título original) obtuvo el Premio Nacional del Libro estadounidense en la categoría de Ficción (Ward lo lograba así por primera vez: es la única escritora que lo ha obtenido en dos ocasiones).
“Papá nos contó
que Randall, Skeetah y yo llegamos deprisa, que mamá nos tuvo a todos en su
cama, bajo la ardiente bombilla desnuda, así que cuando le llegó el momento a Junior
pensó que podría hacer lo mismo. No fue así. Mamá se puso en cuclillas, chilló
casi al final. Junior salió morado y azul como una hortensia: la última flor de
mamá. Y así fue como tocó a Junior cuando papá se lo puso encima suavemente, con
las yemas de los dedos, como si temiese sacudirle el polen y malograr la
floración. Dijo que no quería ir al hospital. Papá la llevó a rastras desde la
cama hasta su camioneta, dejando a su paso un reguero de sangre, y jamás la
volvimos a ver”.
Una gran novela con la que comprender desde el fantástico terreno de la
verdad de las mentiras el complejo asunto de la negritud en el país más
poderoso del mundo:
“La señorita Dedeaux
nos contó una vez que la escuela primaria fue en tiempos la escuela negra del
distrito, antes de que se pusiera fin a la segregación racial en las escuelas
en 1969, después del último gran huracán, cuando la gente estaba demasiado
cansada encontrando los cadáveres desarraigados de sus familiares, enterrándolos
de nuevo, durmiendo sobre plataformas que habían sido los cimientos de sus
casas o debajo de carpas, y recorriendo kilómetros y kilómetros en bici o a pie
en busca de agua fresca y comida como para seguir oponiéndose a la ley que
prohibía la segregación. Papá fue a esta escuela cuando era solo para negros, y
mamá también”.
De alguna manera, esta espléndida Quedan los huesos es una gozosa
tragedia paramitológica poblada por personajes de una autenticidad carnosa,
espectacularmente convencional y de una complejidad finamente trasladada a una
ficción que se lee con un grado de intensidad memorable. Una gozosa tragedia
protagonizada por una suerte de joven Medea.
“Para la Grecia
antigua, para todos sus héroes, para Medea y su hermano mutilado y su
desconsolado padre, el agua significaba la muerte. Desde el cuarto de baño,
sentada en el váter, oí un traqueteo de metal contra metal, alguna máquina rota
venciéndose sobre otra como una lápida medio hundida y supe que era el viento que empujaba una lluvia intensa”
Medea y la voz de la protagonista que nos narra la pequeña odisea
misissipeña que es Quedan los huesos. La voz de Esch antes, dentro y
después del huracán.
“Cuando mamá me
explicó por primera vez lo que era un huracán, pensé que los animales salían
todos corriendo, que huían de las tormentas antes de que llegasen, que unos días
antes levantaban la nariz al viento y lo sabían. Que quizá sacaran las lenguas,
rosadas y calientes, para catar, para asegurarse. Que los ciervos miraban a sus
parejas y saltaban. Que los zorros chachareaban para sus adentros y emprendían
la marcha bamboleando los hombros. Y quizá los animales más grandes lo hagan. Pero
ahora pienso que hay otros animales, como las ardillas y los conejos, que no lo
hacen. Quizá los pequeños no corran. Quizá los pequeños hagan una pausa sobre
las ramas o en la tierra cubierta de pinos con la nariz en alto, atrapen ese
aire de tormenta cercana que probablemente les huele a sal, a sal y a fuego
limpio y abrasador, y se preparen como nosotros”.
Jesmyn Ward compuso una luminosa novela sazonada de angustias y anhelos, de
sueños y aprendizaje. De sufrida y luchada vida estadounidense.
“Y de repente se abre una inmensa grieta entre ahora y entonces, y me pregunto adónde habrá ido el mundo en el que tuvo lugar aquel día, porque no estamos en él”.
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