Sobre las interpretaciones que los historiadores hacen del pasado, estoy de acuerdo con el intelectual español Enrique Lynch cuando escribe (con motivo de su crítica a Por el ojo de una aguja, del historiador irlandés Peter Brown) que “la historia tiene algo de irreal, pues de lo único que podemos hablar con cierta confianza racional es de la época en que nos toca vivir. Todo lo demás —lo que alguna vez sucedió y lo que algunos aseguran que ocurrirá— solo puede ser mera conjetura. Quizá por eso, casi todos los grandes historiadores —y Peter Brown está, sin duda, entre ellos— no se limitan a reconstruir lo ‘que efectivamente pasó’, como reclamaban Ranke, Mommsen y los positivistas (o ‘lo que realmente sucedió’, según las traducciones: lo que Ranke escribió, para quien sepa alemán, fue exactamente “wie es eigentlich gewesen”) que tanto influyeron en la historiografía marxista, sino que son sagaces narradores de un género híbrido donde se traman corazonadas y finas especulaciones inspiradas en unos pocos recursos de la memoria histórica (de la que historiadores como la francesa Marie-Claire Lavabre han sentenciado que es “el proceso por el cual los conflictos y los intereses del presente operan sobre la Historia”). Los grandes historiadores hurgan en documenta et monumenta, es decir, en los viejos textos y en los vestigios arqueológicos, pero nunca renuncian a interpretar los hechos”.
Como
expresó Edward Hallet Carr, aunque sólo hay una montaña, con su mismidad
de montaña individual y única, cierta, inconfundible, existen distintas maneras
de que sea vista por el ojo humano: la
montaña es una, es ella misma, pero varias son las formas de contemplarla.
De tal manera que, siguiendo el símil del eximio historiador, el pasado no
cambia aunque cambie nuestra posición.
Pero,
eso sí, nada es más cierto que la frase del historiador español Julián Casanova, para quien la Historia es “una república de múltiples
puntos de vista en la que, sin embargo, no todo vale.”
No,
no vale todo, y ahora llega el tiempo de
los matices. El filósofo de la Historia holandés Chris Lorenz, en su
refutación de las teorías posmodernistas y con motivo de sus “reflexiones sobre
la verdad y la objetividad en la Historia”, trae como arma de autoridad lo escrito por el historiador estadounidense Thomas
L. Haskell en un libro suyo de 1998 titulado Objectivity Is Not Neutrality: Explanatory Schemes in History a la
hora de aclarar una distinción con la que no sé si estoy muy de acuerdo pero
que, no obstante, te la dejo aquí, lector, para que la acomodes a tus
conocimientos sobre la disciplina de los historiadores. Dice Lorenz que dice
Haskell que existe una crucial diferencia entre objetividad y neutralidad,
pues luchar por la una no es lo mismo que hacerlo en pos de la otra. La
objetividad sería para ambos (las palabras son las de Lorenz) “el resultado
colectivo de respetar las reglas metodológicas de la disciplina, imparcialidad,
desapego, crítica mutua y ecuanimidad”. Buscar la objetividad, en ese sentido,
no tiene que ver con ser neutral, siendo de hecho compatible esa indagación con
fuertes compromisos políticos y sociales.
Bueno, a eso es a lo que yo llamo honestidad, a eso que
Lorenz con Haskell llama objetividad.
Tal
y como lo entiende Lorenz, la filosofía de la Historia necesita incluir los dos
puntos de vista confrontados desde la década de los 70 del siglo pasado: el
objetivismo, que considera el conocimiento histórico sólo desde la óptica
epistémica del observador (distante); y el relativismo, que tiende a ver el
conocimiento histórico únicamente desde la perspectiva del actor (involucrado).
La filosofía de la Historia “necesita analizar el pasado histórico y el pasado
práctico en sus conexiones e intersecciones”.
El
oficio del historiador, que siempre se enfoca hacia el conocimiento de un
pasado real, cierto, tiene pretensiones
de verdad. Y no sólo lo dice Lorenz, pero es a él al que voy a seguir
en su profundización en lo que de verdad hay en la Historia a través de su
propio concepto de realismo interno.
El
objetivismo enmascara un “realismo ingenuo”, pero rechazar la objetividad de la
Historia no es rechazar el realismo ni adscribirse al idealismo o al
esteticismo. El realismo que por su parte Lorenz defiende es un tipo de realismo cuyo nombre ya fue usado por el
pensador estadounidense Hilary Putnam, fallecido en 2016, el realismo interno. Para él, para Lorenz,
hoy en día existe el enfrentamiento claro entre los dos tipos de historiadores
que ya expuse más arriba: de un lado, los objetivistas, centrados en la óptica distante como sabemos, que creen que la
Historia se basa en pretensiones de verdad; de otro, los relativistas, atentos
sólo a los actores de la Historia, involucrados
en ella, para quienes “sólo hay ciencia cuando existe consenso sobre los hechos
y sus relaciones explicativas”, y, dado que en la Historia no se da ese
consenso, para ellos ésta es una mera “expresión
de cultura” sin pretensión de verdad. Pero hay un tercer camino que supera a
ambos, tanto al objetivismo como al relativismo, y ese camino es el realismo interno de Putnam.
Continuará…
[arte de Juan Cossío]
Comentarios
Publicar un comentario
Se eliminarán los comentarios maleducados o emitidos por personas con seudónimos que les oculten.