Hace cuarenta años murió Franco. Desde aquel año 1975 hubo una transición a la democracia, y, por fin, esta última se quedó entre nosotros. En un país como España es decir mucho, ya que nuestra historia contemporánea tiene de casi todo, pero muy poco de democracia.
El libro
que tiene el lector entre sus manos trae aire fresco a la historiografía sobre
la Transición, que desde el debate sobre la memoria histórica se ha ido
endureciendo y ha visto cómo iba subiendo el nivel de los calificativos poco
analíticos y repletos de una alta dosis de planteamientos ideológicos.
Trasladar este tipo de debate a la historia es sin duda una de las malas
herencias del franquismo que sigue vigente entre los académicos de la historia.
En los
últimos años, con alguna excepción, no se ha avanzado en el conocimiento de
aquellos tiempos, aunque sí en los premeditados insultos y descalificaciones a
los protagonistas individuales y colectivos de la Transición, acusándolos de
representar un “régimen” que es necesario variar y de no haber sido capaces de
transformar España lo suficiente al haber transigido con la “caverna”
franquista.
Un mínimo
conocimiento de nuestra historia contemporánea es suficiente para mostrar que
durante la Transición estuvieron presentes los valores más constructivos, la cultura cívica tanta veces deseada y el
sentido común. El protagonismo de la sociedad
civil, acompañado de los cambios de opinión de la mayor parte de las elites
políticas, presionadas por la movilización y las consultas electorales, nos
condujo a alcanzar la democracia y poder vivir en ella. Nada más ni nada menos.
Toda
transición a la democracia implica una ruptura, ya que se pasa de un Estado no
democrático a un Estado democrático, de un Estado con Derecho a un Estado de
Derecho. Pero el proceso por la que se lleva a cabo no tiene por qué ser
rupturista sino que puede ser reformista, como sucedió en España. El reformismo
triunfó, porque así lo quisieron los ciudadanos, basta con consultar las
encuestas del Instituto de Opinión Pública o los resultados electorales en 1977
y 1979. El hecho de ser reformista implica un control, durante todo el proceso,
de los aparatos del Estado por parte del personal político venido de la
dictadura. Aunque lo cierto es, debido a sus profundas diferencias internas,
que esos franquistas reconvertidos fueron abandonando con extremada rapidez los
pensamientos autoritarios. Por cierto, los rupturista también tuvieron que ir
abandonando parte de sus ideas alejadas de planteamientos democráticos. Muy
pocos eran demócratas.
Ni hubo
descomposición del franquismo ni crisis irreversibles. Esto último es como
decir que no hubo capacidad de elección y que se tomaron las únicas decisiones
posibles. No es cierto, se tomaron aquellas decisiones que, con pasos adelante
y atrás, nos condujeron a la democracia. José Luis Ibáñez Salas insiste en la
idea de que la transición no fue fruto del miedo y en que lo que sí hubo fue un
pacto del recuerdo. Yo sí creo que había “miedos” en la conciencia colectiva de
los españoles, siendo el principal la Guerra Civil. Pero lo que sí es cierto
que dicho recuerdo no sirvió para impedir la llegada de la democracia, sino
para racionalizar el proceso y evitar radicalismos que pudieran frutarla.
Dentro de
la Transición en mayúsculas hubo unos años de esperanzas y de reformas desde el régimen autoritario
(noviembre de 1975-junio de 1977). Después vino el consenso, basado en la existencia de unas Cortes elegidas
democráticamente que, con algún enclave autoritario (senadores reales,
presidencia de las Cortes…), irá afrontado la crisis económica y social (Pactos
de la Moncloa), la necesaria reconciliación (amnistía) y el marco político de
convivencia (Constitución de 1978). Hoy se crítica mucho lo que hicieron
nuestros representantes legítimos después de que el país viviera 41 años sin
elecciones. Representantes elegidos por los ciudadanos que contaron con un amplio
apoyo. Hicieron mucho, y en su mayor parte bien.
Tras la
aprobación de la Constitución y la disolución de las Cortes hubo nuevas
elecciones que en esta ocasión también implicaron la democratización del poder
local. Estos avances estuvieron marcados por intensos conflictos en el partido
del Gobierno (Unión de Centro Democrático, UCD), una oleada de conflictividad
laboral sin precedentes, la violencia política (terrorismo), la crisis
económica, el desordenado proceso autonómico y la amenaza golpista. Pese a que
llegó el desencanto, una vez pasada
la primera epidemia general, los ciudadanos se agarraron a la esperanza y, por
ello, en 1982 triunfó el cambio. La
Transición había acabado, y desde entonces, como reconocería Felipe González,
las tareas de Gobierno serán las propias de una democracia no de una
transición.
La
Transición ni fue modélica ni fracasada. La insistencia en el hecho de que
fuese modélica no aporta nada desde el punto de vista de las ciencias
sociales, al no existir modelos de transición, si a lo que se refiere es al
hecho de que triunfó es cierto, pero no debemos olvidarnos de la conflictividad
laboral elevada, el terrorismo, la violencia de Estado y los efectos entre la
población trabajadora de la crisis económica. Hubo costes, en algunos momentos
muy elevados.
Existen tres rasgos originales de nuestra transición que aborda Ibáñez Salas, rasgos que son difícilmente transportables a otras transiciones. En primer lugar, el asunto de la monarquía. Pienso que el objetivo principal del rey Juan Carlos I fue salvar la Corona y a ello se subordinó la naturaleza del sistema político. Pero el hecho de que la pérdida de poder por parte regia fuera una fuente creciente de legitimación nos condujo a la única forma conocida de compatibilizar la monarquía y la democracia: la monarquía parlamentaria donde la Corona no tiene poder sino funciones y atribuciones. Pero junto a esto hay una segunda cuestión que plantea el autor a la hora de su denominación: monarquía juancarlista. Creo que es la denominación exacta, ya que la monarquía parlamentaria fue sustituida por una práctica política (el juancarlismo) que cuestionaba algunos de sus elementos constitutivos. De ello fue responsable, no sólo el jefe del Estado, sino también todos los gobiernos habidos, incluidos los de la democracia que fueron incapaces de regular las funciones de la Corona.
UCD es otro
de los rasgos originales de nuestra transición. Se constituyó primero como
coalición electoral y luego como partido (aunque último nunca lo fue) tratando
de imitar a las coaliciones de centro que se daban en Europa Occidental. Es
decir, la suma de liberales, democristianos y socialdemócratas. Pero en España
se incorporó, de forma mayoritaria, el personal proveniente del Movimiento
Nacional, los denominados “azules”, lo que dio a UCD una importante
implantación territorial y su éxito en las elecciones generales de 1977 y 1979.
Pero su incapacidad para elaborar una política coherente después de la etapa
del consenso, la condujo a una serie
de derrotas y a intensas luchas internas. Finalmente, en las elecciones de
octubre de 1982 tan sólo obtuvo 11 escaños, mientras que en 1979 había
conseguido 168. Desastre original y con escasos antecedentes en la historia
política.
Por último,
un tercer rasgo distintivo de la Transición española fue unir el proceso de
democratización al de descentralización, demandado en ciertas regiones con
fuertes señas de identidad, como fue el caso de Cataluña y el País Vasco, o con
peculiaridades económicas, como ocurría con Canarias. Mientras otras regiones
seguían viendo el centralismo como la forma más conveniente de ser gobernados.
Se buscó una solución no plenamente apoyada por la opinión pública, pero sí por
las elites regionales que veían en la generalización del sistema autonómico una
buena forma de adquirir poder. Además, junto a la generalización se
establecieron dos sistemas de financiación diferenciados, lo que permitió a
Navarra y el País Vasco tener “privilegios”, léase “fueros”. Estos hechos,
junto a la existencia de partidos nacionalistas con un escaso sentido del
Estado (deslealtad), esperando la oportunidad para romper y apostar por
políticas excluyentes, dieron lugar a una situación de permanente incertidumbre
sobre el sistema político.
Son asuntos
importantes, bien expuestos y trabajados por José Luis Ibáñez Salas, con una
gran dosis de naturalidad, frescura, a la vez que rigor. Un éxito seguro, y una
suerte para aquellos que podemos disfrutar de su lectura.
Álvaro Soto Carmona (catedrático de Historia
Contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid)
Junio de 2015
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