Mis queridos membrillos de la izquierda (los tengo también en la derecha y en los últimos tiempos hasta en el centro, que uno tiene amigos tontorrones en casi todos los lados) siguen con las mismas pajas mentales de hace cuarenta años, haciéndose preguntas sobre a quiénes benefician o perjudican todas esas imágenes de contenedores ardiendo.
"Son sólo
cuatro papeleras", leo en algunos muros. "Los medios criminalizan
a los movimientos de protesta y ocultan el problema real, el ataque que está
sufriendo la libertad de expresión". "Hay que estar con las masas
en la calle". Lo de las masas siempre me ha hecho mucha gracia. Apelan a
ella o eluden su importancia en función de las reivindicaciones que manifieste
la aludida. "No es por Pablo Hasél, la lucha va más allá y está por
encima de las acciones individuales". Esto último lo han añadido en las
últimas horas tras sentirse un poco avergonzados por la difusión de aquellos
viejos tweets del mozo en los que profería unas cuantas groserías machistas
sobre las mujeres. Se ve que el asunto les ha incomodado (un poco) y se han
visto obligados a matizar su apoyo incondicional al mártir.
Como digo, mis
queridos membrillos, más simples que el mecanismo de un chupete, siguen sin
comprender nada, pensando que la violencia, sea urbana y callejera o de otro
tipo, es aceptable o rechazable solo en función del valor instrumental y de lo
que beneficie o perjudique a la causa. Ni una crítica de fondo. Puro
tacticismo.
Recuerdo las
discusiones de hace cuatro décadas, cuando te insultaban simplemente por
decir en público que la violencia era un fracaso es sí misma, que envilecía
y deslegitimaba a quien la practicaba y justificaba. Éramos unos moñas, unos
pobres ilusos, unos meapilas acomplejados salidos de un confesionario. Siguen
sin darse cuenta del profundo fracaso e impotencia que revela el uso de la
violencia y todo lo que ello supone. Hace años mis amigos Martín Alonso y
Javier Merino escribieron un magnífico artículo titulado ‘Abdicación de
la conciencia’ (Papeles de Relaciones Ecosociales y cambio global,
nº 109, primavera de 2010), centrado en la fascinación que sintió un importante
sector de la izquierda frente al uso de la violencia por parte de ETA. Les
recomendaría que lo leyeran. Me temo que de hacerlo -me consta que algunos lo
conocen- lo ridiculizarían por revisionista o peor aún, por moralista, que era
la peor crítica que podía recibir uno por entonces. Lo suyo, lo de esos
izquierdistas atados al supremacismo, sigue siendo la ortodoxia leninista y
esas filfas a las que han dedicado toda una vida de fracasos.
Adelante, camaradas, de victoria en victoria hasta la derrota final.
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