Juliet, desnuda es la séptima novela del maravilloso escritor británico Nick Hornby. Publicada originalmente en 2009 (Juliet, Naked), un año más tarde apareció en español excelentemente traducida, como tantas ya de Hornby, por Jesús Zulaika para la editorial española habitual de sus libros, Anagrama.
Sobre mantener relaciones sanas con las cosas que a uno le gustan, sobre
ser capaz de llorar no por la música, sino con la música. Sobre
cosas así trata Juliet, desnuda.
“Una precisión
sobre el gran arte: te hace amar más a la gente, perdonarle sus pequeñas
transgresiones. Si te ponías a pensarlo, funcionaba de la misma forma que se
suponía que tenía que funcionar la religión”.
Así piensa uno de los personajes de esta divertidísima novela, de esta
comedia de Hornby. Sí, porque Duncan es capaz
de afirmar que:
“Todos
sabemos lo que la mayoría de la gente piensa de las cosas. La sabiduría de las
putas masas”.
Duncan y su “proselitismo intimidatorio”. Y Annie, su pareja, que sabe perfectamente que “escuchar música no era coleccionar sellos, o pescar con mosca, o construir barcos dentro de una botella. Escuchar música era algo que ella también hacía, con frecuencia y sumo gozo, y Duncan, de alguna manera, se las arreglaba para arruinárselo, en parte haciéndole sentir que no era buena en eso”.
Duncan, Annie (“eres mi opción de vida fácil: en el momento en que dejes
de serlo, dejas de ser una opción”)… y Tucker Crowe, un
músico retirado a quien Duncan pone a la altura de Dylan y Keats (un ex músico
para quien “la gente subestima la rapidez del pensamiento: es posible
contemplar casi todos los incidentes importantes de una vida durante el tiempo de
actuación de un grupo en un bar”): los tres grandes protagonistas de Julieta,
desnuda, en un mundo en el que Internet ya lo había cambiado todo, y “ya
nadie caía en el olvido”.
Situaciones cómicas en el interior de esta deslumbrante novela total de
Nick Hornby las hay a porrillo. Para eso nada como el personaje del psicólogo Malcolm
y sus sesiones descacharrantes:
“Malcolm
se quedó callado. Annie sabía que era la técnica que se suponía que los
terapeutas tenían que utilizar: si guardaban silencio durante largo rato, la
persona a quien estaban tratando acabaría gritando ‘¡Me acosté con mi padre!’,
y ambos podrían irse a casa”.
Y como en toda novela que se precie de categoría literaria, la
verdad y la mentira. Piensa Annie:
“La
coherencia y la repetición estaban empezando a hacer que sintiera la mentira
como verdad, en el sentido de que un sendero acaba siendo efectivamente un
sendero cuando ha transitado por él la gente suficiente”.
Y, como no suele ser raro en Hornby… la paternidad:
“La
paternidad era importante cuando uno era realmente padre: cuando te sentabas
con tus hijos en mitad de la noche y les convencías de que las pesadillas no
eran más que humo, y cuando elegías sus libros y sus colegios, y cuando los
amabas por difícil que se te hiciera sentir otra cosa que irritación y, en
ocasiones, ira”.
La falsedad del arte, o su autenticidad: esa duda que sobrevuela por
encima de los productos artísticos, de los productos creativos… Porque la
extraordinaria comedia que es Juliet, desnuda es ante todo una
deslumbrante y entretenidísima reflexión sobre cómo encajan los sentimientos de
quienes admiran alguna obra del arte con los de quienes la aborrecen.
“Eso es el arte, a
veces, algo que confiere ventaja”.
Y hasta aquí la novela… Pero, ¿y la película?
Nueve años después de la publicación de la novela de Hornby, en 2018, el
director estadounidense Jesse Peretz estrenaba
la versión cinematográfica de Juliet, desnuda (con su título original,
el mismo que le puso su autor, en inglés), de poco más de cien minutos de cabal
duración, aprovechando la adaptación de aquélla escrita por Tamara
Jenkins, Evgenia Peretz y Jim Taylor, y con los actores Rose
Byrne, Ethan Hawke y Chris O'Dowd como Annie, Tucker y Duncan,
respectivamente; los tres espléndidos, sobre todo una fascinante Byrne que es
el verdadero sustento de todo el filme.
Escribió el crítico cinematográfico de El País Carlos
Boyero de ella que es "una película amable, digna de ver y de oír, capaz
de despertarte sonrisas y de que estas sigan en tu rostro al recordarla. Se
combinan con acierto las situaciones de comedia, el tono irónico y el
subterráneo drama”. En tanto que, para Fotogramas, Jordi
Batlle Caminal, menos conmovido aún, consideró que es "una película
programática, astutamente diseñada para paladares hipsters (...) trufada
de clichés (...), con un reparto eficacísimo con un Ethan Hawke magnífico” (él
Hawke, yo Byrne). De Juliet, desnuda, el film, para acabar, Francisco
Marinero dejó dicho en El Mundo que es una "película de personajes y
de sentimientos (...) un filme con fundamento en sus intérpretes y todos
comprenden los componentes de humor y de melancolía; pocas veces se ha mostrado
tan bien la frustración.”
Sí, quizás el exceso de amabilidad de la
película sea su principal lastre frente a la suave acidez del libro de Hornby.
No obstante, la película de Peretz acaba por resultar una meritoria adaptación
a otro arte de una novela brillante y cómica. Que no es poco.
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