La democracia en palabras, coordinado (editado) en 2020 por Joan Navarro y Miguel Ángel Simón para Punto de Vista editores, es un libro útil. Para la sociedad civil y para los historiadores lo es. Incluye 54 discursos, en ocasiones fragmentos de ellos, emitidos entre noviembre de 1975 y marzo de 2019, de un valor indiscutible para conocer los años en que la democracia se asentó por fin en España.
Para Navarro y Simón, este libro puede entenderse como “un viaje en el
que ha habido de todo: momentos de alegría, de peligro, de exaltación, de
temor, de dolor, de emoción”.
Los discursos que componen La democracia en palabras son un
recopilatorio de las palabras “con las que año a año hemos ido cumpliendo con
aquello que señalaba el primer presidente de nuestra democracia [Adolfo
Suárez], hemos ido escribiendo nuestro futuro”. Por eso se han elegido discursos
“que en algún momento fueron relevantes para nuestro país: palabras que
cautivaron a millones de españoles, que registraron unas ideas como albaceas
del pensamiento, alentaron pasiones o ilusiones o que apuntaron los cambios que
nos han traído al cabo de los años a ser lo que hoy somos”.
Dicen los coordinadores (editores) del volumen que han “optado por la
relevancia sobre la belleza, la retórica o la calidad”. Cada uno de los
períodos en que ha sido dividido el libro “ha sido introducido por personalidades
que en algunos casos vivieron muy de cerca los acontecimientos que relatan o
bien dieron cuenta de ellos no a mucha distancia”: Lucia Méndez, Gabriela
Cañas, José Enrique Serrano, Carlos Aragonés, Joaquín Estefanía, José Antonio
Zarzalejos, José Luis Ayllón y Àngels Barceló.
Me detengo en las primeras doscientas páginas del libro, y me centro en
cuanto considero más destacable de ellas, dedicadas a la Transición
española a la democracia.
Lucía Méndez escribe sobre “el relato de la democracia naciente” y en ese preámbulo nos habla de “cuando los españoles se sentaban delante del televisor para escudriñar los planes de aquel hombre joven con mirada líquida que acababan de conocer y que se había colado en sus casas de forma inesperada”. El discurso en el que Adolfo Suárez explicó la Ley para la Reforma Política duró unos 20 minutos y “quiso desdramatizar a la vez que asumir el compromiso que le ataba el relato: la convocatoria de elecciones libres y democráticas antes del 20 de junio de 1977”.
“Buenas
noches, me presento ante todos ustedes para convocar al pueblo español en una
tarea de protagonismo y solidaridad: acomodar nuestros esquemas legales a la
realidad del país. La soberanía nacional reside en el pueblo. Elevar a la
categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal. He
dicho la palabra elecciones y esa es la clave del proyecto: quitarle
dramatismo y ficción a la política por medio de unas elecciones. La reforma
permitirá que las Cortes sean elegidas por sufragio universal. El pueblo
participará en la construcción de su propio futuro a través de la elección de
sus representantes. El único miedo racional que nos debe asustar es el miedo al
miedo mismo”.
Suárez usaba palabras talismán, algunas de las cuales coincidían
con las del rey Juan Carlos I: pueblo,
por ejemplo, también concordia o consenso. “Tanto uno como otro
apelaban a las ilusiones colectivas hablando de un nuevo horizonte”.
[...]
Gabriela Cañas escribe el prefacio al capítulo
titulado ‘Un país en construcción’. De ese bloque de discursos me permito
destacar primero el que pronunciara Enrique Tierno Galván el 21 de
julio de 1978 ante el pleno del Congreso de los Diputados que aprobaría el proyecto
de constitución, y de él estas palabras (para mí quizás la culminación expresiva de lo
que significaron los tiempos de la Transición):
“En
resumen, que, a través de los sacrificios, a través de la limpieza de estos
modelos que se imponían a través de rechazar el mito como peso negativo de
contradecirnos ideológicamente, hemos llegado a superar las contradicciones y a
ponernos de acuerdo, y así hemos producido un texto que cualesquiera que sean
las variantes que tenga será siempre un texto que signifique un conjunto
articulado y coherente de concesiones.
Es quizá
la primera constitución europea que se manifiesta con nitidez en este sentido: un
conjunto coherente y articulado de concesiones, y a este
conjunto coherente y articulado de concesiones a veces se llamaba consenso del
proceso. Estas concesiones que unos nos hemos hecho los unos a los otros no
son debilidades. Si se busca bien, en el fondo, son generosidades,
generosidades que solo pueden tener un motivo para todos, una sola y única
causación: el deseo de que la democracia siga adelante, que la nación recobre
la estabilidad, que se coloque en una situación fructífera generalizada para
todos sus miembros y que no volvamos de ninguna manera a los males del pasado.
Cuando se
habla del consensus con sentido negativo o peyorativo se olvida que es
el resultado de la concesión y que la concesión equivale siempre en estos casos
a sacrificio y que en este sentido la Constitución expresa la
generosidad de todos y de cada uno de nosotros”.
[...]
A la normalización de la democracia dedica José Enrique Serrano su
participación en La democracia en palabras, y de ese capítulo considero
que lo más destacable es el discurso de investidura que Felipe
González pronunciara ante el Congreso de los diputados el 30 de noviembre de 1982
tras haber ganado las elecciones de aquel año (un punto final más
habitual al periodo histórico que llamamos Transición):
“Nos
proponemos gobernar sobre la base de tres principios que quiero proclamar
categóricamente:
La paz
social, es decir, la seguridad ciudadana como garantía de desarrollo de las
libertades, que es un concepto más noble y amplio que el de orden público
reducido a la tranquilidad en las calles. Paz y seguridad en todos los ámbitos:
en el trabajo, en el ocio, en la creación, en la interdependencia de nuestra
vida en común, en las relaciones internacionales.
La unidad
nacional, que se fortalece con la diversidad de nuestros pueblos, con las
preferencias de los grupos, con las singularidades propias de este rico y
variado mundo que llamamos España. No sólo no excluye esas diferencias, sino
que, al contrario, la unidad se vigoriza gracias a la autenticidad con que son
vividas por sus portadores humanos. Unidad por tanto en el sentido creador de
estimularnos y potenciarnos unos a otros precisamente porque somos diferentes,
nunca en la interpretación negativa de antagonismos o luchas destructoras.
El progreso, como un instrumento al servicio de la justicia, como un concepto que va más allá del mero desarrollo económico, que incluye el incremento de la riqueza nacional pero que atiende a las necesidades vitales de los seres humanos, a su profundo afán de comprensión, de dignidad, de igualdad. Por ello, nos obliga a luchar contra las diferencias que privilegian a ciertos grupos y marginan lacerantemente a otros”.
Este texto pertenece a mi artículo ‘Las palabras de la (definitiva) democracia española’, publicado el 24 de diciembre de 2020 en Nueva Tribuna, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.
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