¿Por qué tendré yo que escribir sobre la insoportable
película Ordet, de Dreyer? Eso digo yo.
Año 1955, Dinamarca. Mientras en el resto del mundo se ruedan películas
como Conspiración de silencio, dirigida por John Sturges; Al este del
Edén, de Elia Kazan; Guys and Dolls, de Joseph L. Mankiewicz; El
hombre del brazo de oro, de Otto Preminger; Las diabólicas, de Henri-Georges
Clouzot; Muerte de un ciclista, de Juan Antonio Bardem; La noche
del cazador, de Charles Laughton; Pero... ¿quién mató a Harry?,
de Alfred Hitchcock; Picnic, de Joshua Logan; El quinteto de la
muerte, de Alexander Mackendrick; Rebelde sin causa, de Nicholas Ray;
Rififí, de Jules Dassin; o Tierra de faraones, de Howard Hawks;
en Dinamarca, el cineasta Carl Theodor Dreyer, que hoy goza de un
prestigio artístico para mí incomprensible, rueda La palabra (eso
quiere decir en danés Ordet, título por el que es más conocida pese a
pertenecer a una época en que nadie llamaba a las películas en España por su
título original), basada en la obra de teatro homónima de Kaj Munk cuya
adaptación escribe él mismo.
Dos horas pasmosas me ha deparado su contemplación. Dos
horas de ver a actores más preocupados por estar encuadrados en un lienzo que
de interpretar unos avatares naifs enguantados en una realidad impenetrable,
antigua, más bien remota, como de seres ajenos a los seres que el arte, la
historia y la cercanía de los días han puesto ante mí desde que tengo uso
de razón y ganas de conocer la verdad y la mentira que nos teje.
Acaba uno de ver semejante bodrio ampuloso (muy de mírame,
¿a que impresiono?) y cuando quiere comprobar que la película es vieja,
de los primeros años del cine, comprueba que no, que se hizo cuando Billy
Wilder ya había rodado Berlín Occidente, El crepúsculo de los
dioses, Sabrina y, ese mismo año 1955, La tentación vive arriba.
Porque el caso es que el cine tiene dos vertientes
opuestas que cuando sabe entreverarse de ellas es genial: su oficio
artístico, con pretensiones deslumbrantes, de un lado, y su afán de ser
espectáculo, un vehículo bien facturado para el entretenimiento, de otra
parte. Y Dreyer se funde inmisericorde con el talibanismo de la primera de esas
vertientes, la de el arte por el arte. Poca cosa a mis ojos y oídos si
quiero disfrutar de una película.
Dejemos a la ortodoxia de la vertiente meramente
artística, la del acabado fetén, a esos cátaros de la crítica
cinematográfica, despedir a Ordet:
“Obra capital del cine de
autor europeo, de gran influencia posterior en otros cineastas, y que aparece
en numerosas listas de las mejores películas de la historia del cine”.
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