“Llevo preparándome para escribir este libro toda la
vida”, afirma Elvira Lindo en las notas promocionales de A corazón abierto.
“No soy la primera
escritora que se arranca a contar cuando ya nada importa”.
He leído esta obra disfrutándola muchísimo. Leí a la
Elvira Lindo literata en estado puro. A corazón abierto es de una ruda
delicadeza exquisita, divertida y profunda a la vez.
A corazón abierto aún no ha comenzado cuando su autora nos lo enmarca con estos versos de
Emily Dickinson:
“¿Pero
no son
Todos los Hechos
Sueños
Tan pronto como los
Hemos superado?”
El padre
Manuel Lindo, el padre de Elvira, cuyo hábitat
natural eran los bares y la calle, “uno de esos hombres a los que siempre les
falta espacio para gesticular”, pareciera ser y tal vez lo sea el principal
protagonista de esta memoria literaria en la que la propia Elvira es la
escritora, el auténtico personaje central, más aún (quizás finalmente, me
atrevo a opinar) que su propio padre, una memoria literaria con apariencia de
novela en la que la familia Lindo habita unas páginas de autorretrato
emocional, de retrato emocional, de desnudamiento espiritual, moral, vital.
Unos padres, una prole, en los que “la ironía ha cubierto
todas las pesadumbres familiares convirtiéndolas en un catálogo de anécdotas
humorísticas”. Porque el humor alterna, a veces vence, a menudo cae derrotado
aquí por el estupor de la memoria dañada, dañina. Y esa lucha del humor por
hacerse fuerte en el relato que es la novela que no es una novela de Elvira
Lindo es parte encomiable del enorme reto literario al que la autora de Lo
que me queda por vivir hace frente con notable arrojo y categoría
artística.
En A corazón abierto no sólo asistimos a
veces divertidos, a menudo conmovidos, al terrible devenir de las vidas donde
se esconde la torpeza donde habita a menudo el puro mal, sino que en ella nos
topamos también, en ocasiones, con “la absurda arbitrariedad de los niños”.
“En realidad lo que yo
escribo obedece al trato que [nuestro padre] nos obligó a aceptar desde
pequeños: encubrir con humor justo aquello que careciera de gracia”.
Su padre, sí. “Un hombre tan autoritario como es
Manolo Lindo”, alguien “siempre expansivo, refractario a la reflexión y al
silencio”. Alguien “permanentemente alterado”.
“Algo en lo que mi padre
ha sido siempre experto: encontrar alguien que se preste a estar a su servicio”.
Elvira y sus hermanos, intimidados y fascinados por
la presencia paterna, una presencia “que tensaba el ambiente”. La presencia de
una persona astuta, atractiva, nerviosa, “que se había curtido en la aspereza
del mundo sin protección”, una persona a la que “no le gusta lo triste”.
Porque el padre de la autora, que “no cabe en un
libro” (como nadie cabe), a quien “Dios no le hacía falta”, ese Dios que no le
había ayudado, es un ser humano forjado durante los años de la dictadura del
general Franco y aún antes durante la Guerra Civil que la precipitó. Leamos a
Elvira Lindo:
“Yo que tantas veces he
escuchado, escrito y venerado las historias del exilio español, que compadecí a
los que tuvieron que irse, a los que hubieron de forjarse una nueva vida lejos
de su tierra y fueron desposeídos de lo que era suyo, veo ahora en él a uno de
los desgraciados que hubieron de quedarse, olvidar el trauma de la guerra que
marcó su niñez y sacar adelante un país de mierda. El escaso victimismo de una
generación que concentró toda su energía en no pasar necesidad, prosperar y procrear
ha hecho que jamás se contemplara una reparación, que ni tan siquiera sus hijos
prestáramos demasiada atención a lo que muy de vez en cuando nos contaban, más
como una peripecia que como una desgracia”.
En Manuel Lindo, “incapacitado para el rencor”,
cabían el hombre “tenaz y el disperso, el cumplidor y el desmadrado, el
puritano y su reverso”. El uno contenía “la tendencia delirante del otro”. Él
desplegaba “por igual su optimismo y su cólera”.
Papá, le dice Elvira a su padre: “yo te comprendí
siempre”, tú “nos amabas con una furia que a veces dolía, nos amabas, aunque
fuera el tuyo un amor dulce y violento”.
[...]
Elvira
Porque, claro, merece una atención detenida el
propio personaje que es en su libro la autora, que se recrea a sí misma como la
literata que es pero sin que acabemos por creer que la ficción le ha vuelto a
jugar malas pasadas a la realidad, salvo en cuanto de confuso acaba por tener
la memoria. Un personaje charlatán de “carácter neurótico”, de quien se decía
cuando era pequeña: “la niña es maniática”. La cuidadora precoz de su madre
enferma que acabó por aprender a darse a sí misma la protección que la había
faltado.
“Yo, que jamás había
recibido ni recibiría algo que se aproximara a una mínima educación sexual”.
Elvira Lindo, quien no le ve sentido alguno a
“malvivir en la queja”. A quien su padre trató cuando niña “como si hubiera de
habitar siempre el universo protegido de las niñas”. A ella, que de sí misma
dice que “era medio niño”. Algo que sí advirtió su madre, que, “intuyéndome menos
femenina que mi hermana, me libró de lazos, de horquillas y de cursilerías”.
Elvira, de niña, expansiva y gregaria, de sonrisa
fácil, que se habla a sí misma a menudo en su libro, que desde su infancia
alberga dos sentimientos que la acompañan permanentemente: “el de la
responsabilidad y el de la amenaza”. El uno como una “presión en el pecho”, el
otro, el de la amenaza de la muerte, como “el apretón de una garra en la nuca”.
La madre
Antonia Garrido, la madre de la autora, es otro de
los grandes protagonistas de A corazón abierto. No en vano es ella a
quien en la cierta e indudable verdad del pasado de la familia de los Lindo la
hubieron de abrir el corazón.
“Yo no sé si mamá era
débil, pero a mí siempre me lo pareció. Era como si de su figura emanara una
fragilidad no ya física sino interior, profunda, que se manifestaba de una
manera que no sé explicar pero que debía hacerse evidente, porque siempre sentí
que las vecinas o las tías la trataban como a alguien que puede quebrarse en
cualquier momento. Yo lo percibía con aprensión, y su dolor, cualquiera que
fuere, de un simple constipado a una quemadura en la cocina, me producía una
enorme inseguridad, una anticipación de la desgracia”.
Me resultó intensamente hermoso el pasaje en el que
habla de su madre y las canciones, cuando dice de ella que “en su boca
cualquier canción surgía ya como un recuerdo”. Porque “todas las canciones en
su boca sonaban sinceras y melancólicas”.
Su madre, que “a veces quiere estar triste, pero mi
padre no la deja”. Su madre, que la decía de vez en cuando: “¡deja las manías!”
“Mamá: ¿sabes el daño
que me hizo tu llanto, sabes cuánto endureció mi corazón y me hizo refractaria
la gente que llora demasiado?
[…] Mamá: ¿qué sentido
tuvo sufrir tanto por un hombre, morirse, perderse esto?”
[...]
El tiempo, la vida
Hablaba yo al principio del humor en A corazón abierto.
La autora, cuando el libro se va aproximando a su final, me explica mejor lo
que yo estaba creyendo ver en su novela. En la melancolía, en la pena también,
“siempre hay un recoveco por el que se filtra la alegría”. Pero la alegría “ha
de estar abierta a la tristeza para no convertirse en un sentimiento estúpido y
banal”.
“No vivir es no sufrir y
no saber”.
El tiempo, que aunque lo intenta no es capaz de
curar las heridas y lo que hace es devolvérnoslas “el día menos pensado”.
Este
texto pertenece a mi artículo ‘Un amor dulce y violento: Elvira Lindo a
corazón abierto’,
publicado el 30 de marzo de 2020 en Nueva Tribuna, que
puedes leer completo EN ESTE
ENLACE.
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