Emilio Gavilanes
es un escritor cuya obra me fascina. Su escritura, esa literatura suya, ha dado
como resultado libros sencillamente brillantes. El último de los cuales,
publicado por La Discreta muy recientemente, en este año 2020, se titula
Bazar.
De sopetón… llego a un diario que no
es tal, que es literatura en estado puro, esa magia que funde
tranquilamente la realidad con un espejo hermoso de la propia magia.
[...]
En Bazar, como dice su editor,
el también escritor Luis Junco, conviven de una forma desordenada y
múltiple todos los mundos de Gavilanes. Porque Bazar es un bazar
de textos escritos por uno de los mejores artistas literarios en español que yo
haya leído jamás. Es un diario sin tiempo. No lo necesita. No lo necesitamos. Al resplandor de la página en blanco
“acuden las palabras, que revolotean y no tardan en encontrar el orden
en el que van a posarse”.
Por Bazar sabemos que Gavilanes
lee a Saramago, escribe pequeños ensayos, pero su libro se lee
como un poemario, porque cada uno de sus párrafos necesita la respiración
profunda que antecede y sucede a las buenas poesías, a los auténticos versos en
este caso salidos del interior de una prosa de una sencilla sofisticación
admirable. Gavilanes ve películas de Chávarri, lee la Ilíada,
escribe que los sueños nos explican en ocasiones aquello que nos sucede, lee a Carpentier,
a Baroja (y sus gilipoyeces, sic), y nos los pone enfrente de nuestra
lectura atenta, a nosotros, que, como le pasa a él, según nos relata, no
sabemos tampoco lo que significa aquello que nos ocurre. Gavilanes lee a Pessoa,
sigue escuchando, y nos lo dice, la “amada voz” de su madre, el magnífico
sinsentido que es lo que nos rodea, también “el rumor del agua del río, casi el
silencio”. Gavilanes lee a
Salinger, a Cortázar, a Pla, a García Márquez, a Rulfo, a Piglia, a Chéjov,
a Updike, a Sánchez Ferlosio, a Delibes, a Baroja (ya lo hemos dicho),
reflexiona sobre la poética de un haiku (y en Bazar hay
haikus a la manera de Gavilanes), del que nos dice que “puede ser el texto más
delicado, sutil, emotivo e inteligente que se puede escribir”. Y vuelve a
menudo a su madre, a ese personaje literario tan real que es la madre de
Emilio Gavilanes.
“Cuando
llega a Lisboa el Tajo va cargado de imágenes de Toledo”.
[...]
Leyendo este
libro “pisamos” el silencio, el silencio creado por el sonido de una
campana; nos reconocemos como “bolsas de memoria puestas ahí para recordar el
universo”.
“¿A qué edad dejas de ser
inmortal?”
Me demoro en el
cabal disfrute de Bazar, ya digo: tengo que reposar mi lectura, he de
dejar descansar esas prosas labradas con la responsabilidad artesana de un
escritor profundamente literario.
[...]
Es una lectura
intensa, muy intensa, la de Bazar: uno necesita tiempo, leer es
sencillo, considerar el fondo a menudo sublime de lo leído es otro cantar.
Lleva tiempo. El tiempo, que es, como todo lo humano, objeto del libro. El
tiempo, otra vez. Cuando “las cosas más importantes transcurrían en secreto”.
“Es más fugaz la vida humana
que el esplendor de una rosa”.
[...]
Yo no podré
olvidar esta lectura, no me hará falta recordar que Bazar fue uno de los
libros que leí cuando la pandemia del coronavirus en 2020. Hasta algún
chiste hay en Bazar, como este:
“- Te voy a regalar mi último
libro de poesía.
- A ver si es verdad.
- ¿Que te lo voy a regalar o
que es poesía?
- No: que es el último”.
[...]
Este
texto pertenece a mi artículo ‘El orden en el que se posan las palabras: 'Bazar', de Emilio Gavilanes’, publicado el 16 de marzo de 2020 en Nueva
Tribuna, que puedes leer completo EN ESTE
ENLACE.
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