Los huesos de Michael Connelly

“El mundo está lleno de luz perdida”. Ciudad de huesos es una novela sobre la luz perdida de un adolescente asesinado. Entre otras cosas. Porque le pasa como a los buenos libros, que pueden ser al mismo tiempo varios vórtices desde los que crear varios mundos con los que explicarnos lo que es este en el que vivimos y morimos.

El detective Harry Bosch es el protagonista de esta novela del escritor estadounidense Michael Connelly, como lo es de las que componen toda la saga (que alcanza hasta la fecha los veinte títulos, de los que Ciudad de huesos, del año 2002, hace el número ocho). La pérdida es fundamental en la obra, hasta el punto de que uno de los más hermosamente tristes momentos de ella es aquél en el que Bosch piensa “en toda la música que se había perdido” cuando se mete de lleno en la investigación del crimen que ponen a las claras los huesos hallados en una colina de la ciudad californiana de Los Ángeles.

“Y pensó en sí mismo y en lo que había perdido. El jazz, la cerveza y la melancolía se habían combinado de algún modo en su mente. Estaba nervioso, como si se le estuviera pasando algo que tuviera justo delante. Para un detective era la peor sensación del mundo”.

Ciudad de huesos es una novela policiaca. Una novela de género. No sé si es de las que es capaz de salirse fuera del previsible encorsetamiento que muchos atribuyen a los géneros, pero sí sé que como novela de género es excepcional. Y como la gran novela policiaca que es, en ella, como nos narra Connelly, “todo parecía funcionar siempre en una teoría del dominó. Si, entonces, si, entonces, si, entonces”.

Como no podía ser menos en una obra donde los huesos, su hallazgo, su ocultamiento, su ser puro pasado, su ser pretérito en estado puro, son la esencia de su hilo argumental, su magma, en esta novela de la serie del detective Bosch, “el pasado tenía una forma de regresar, de desenterrarse. Siempre afloraba justo bajo tus pies”.
Bosch sabe cuanto sabe, cuanto necesita para esclarecer los casos que le hacen sentirse plenamente humano, gracias a que también sabe distinguir lo eterno de lo efímero.

Me despido diciendo que seguiré leyendo a Connelly. Ya es uno de los míos.

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