Al escribirla, los historiadores van añadiendo a la Historia piezas de
conocimiento del pasado, e incluso interpretaciones y comprensiones del
mismo que, en ocasiones, pueden negarse las unas a las otras o, en las
afortunadas veces en que se complementan, van
tejiendo una red que hace que la Historia sí avance y progrese mediante
algo así como una carrera de relevos generacional. Pero es un avance hacia
ningún sitio, todo hay que decirlo: sin un objetivo, sin una meta a la que
llegar, lo que convierte al oficio del historiador en algo sisifesco. Y ahora viene
la gran paradoja: se trata de un camino infinito que se anda con la intención
de obtener la mayor completitud posible.
Es decir, los historiadores sabemos que nunca
llegaremos a completar todas las piezas
del puzle que es el pasado, pero lo que hacemos es acopiar el mayor número de las mismas para facilitar a la sociedad
civil el conocimiento de la historia que precisa.
Sí, como afirma Antoine Prost, “la Historia
se reescribe continuamente”, y en cada periodo histórico, “hay preguntas
que desaparecen y otras distintas que ocupan su lugar”. Si las unas son
rebatidas y desechadas, las otras “se convierten en el centro de las
preocupaciones de la profesión”, de tal manera que “nunca terminamos de
escribir la Historia” y, según nos dijera el historiador y filósofo británico Robin George Collingwood, toda Historia
es “un informe de situación” en el que quedan registrados los progresos hechos
hasta el presente en relación con el asunto tratado: así, “toda Historia es al
mismo tiempo una Historia de la historia” y, por ello, “cada época debe
escribir la Historia de nuevo”.
Este texto pertenece a mi artículo titulado 'La Historia crece', publicado el 8 de abril de 2018 en Periodistas en Español.
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