Quizás sea uno de los mejores libros
jamás escritos. Referencia de pintores y escritores de todo el mundo, Cartas
a Théo es una muestra vibrante del genio de Vincent van Gogh. De una
intensidad propia de la escala Richter, resulta una autobiografía quirúrgica,
una declaración estética, la mecha encendida de una revolución latente y
futura.
Como “rata de biblioteca” que soy,
siempre regreso a hojear y releer cuatro o cinco libros, entre ellos la Biblia,
La divina comedia, En el camino y Cartas a Théo. He visto
este último libro en los estudios de decenas de pintores, mi padre era pintor y
solía enviarme como aprendiz al lugar de trabajo de otros pintores de la ciudad
de La Plata, siempre lleno de restos de óleos, con sus hojas ya perdidas por la
humedad, abiertas en abanico. Le he hallado en viejas ediciones de rastrillo,
cubierto de polvo en estanterías de libros usados, como una joya perdida en un
mar de papel en desuso.
Siempre, por alguna razón u otra,
Cartas a Théo está allí.
Son casi ochocientas misivas llenas
de vida, de entusiasmo único por una obra que está sucediendo allí mismo, en
aquel perdido rincón de una Francia rural, Arlés. Aquel poder de las cartas,
escritos que no piensan en agradar, en ser publicados, se convierten en
palabras de una sinceridad arrolladora, fiel al perfil de quien las escribe,
sin “medias tintas”.
Y lo más paradójico quizás de aquel
libro es dónde se sitúa Van Gogh, no solo cuál es su visión, sino desde dónde
mira. Van Gogh se cree tan alejado del “mundo del arte” como la Luna del
planeta Tierra. Él es un satélite que jamás podrá penetrar más allá de su
órbita, cuando en realidad el arte, la pintura, la revolución, está sucediendo
allí mismo, en Arlés: son sus manos las que están cambiando el mismo curso
de la historia.
[Este texto fue escrito por su autor para el blog que yo dirigí para Punto de Vista Editores y que ya no existe.]
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