Ocho
años había pasado Teresa viviendo dos vidas diferentes. Una, cuando estaba a
solas con sus hijos, sin la presencia del padre. Entonces, ella misma se
convertía en niña para jugar con ellos, ayudarles con los deberes, contarles
historias, responder sus inacabables preguntas, cantarles canciones:
¡QUE TODOS LOS NIÑOS ESTÉN MUY ATENTOOOOOS!
(cinco
niños, ojos llenos de asombro, uno, tres, cuatro, cinco y seis años,
respiración contenida para escuchar la canción de su madre)
…HA SIDO LA ORDEN QUE DIO EL
GENERAAAAAL!
(los
cinco, a la vez, se ponen firmes)
¡QUE TENGAN TODITOS LOS
LIBROS ABIERTOOOOOS!
LAS CINCO VOCALES VAN A
DESFILAR…
(una
madre niña, que nunca lo fue, juega con sus hijos)
PRIMERO
VERÁN, QUE LLEGA LA A
(los
niños hacen el coro: aaa, aaa, aaa)
CON SUS DOS PATITAS MUY
ABIERTAS AL MARCHAR
LE SIGUE LA E
(y
sigue el coro: eee, eee, eee)
ALZANDO LOS PIES
(la
madre hace mimo, ¿quién le enseñaría?)
EL PALO DE EN MEDIO ES MÁS
CORTO, COMO VEN
DESPUÉS VA LA I
(iii,
iii, iii: coro y risas de los niños)
Y LUEGO LA O
(ooo,
ooo, ooo, sigue el coro)
UNA ES FLACA Y LA OTRA GORDA,
PORQUE YA COMIÓ
(risas
y aplausos del coro de niños, a pesar de que ya tantas veces su madre ha
escenificado esta canción)
Y LUEGO VERÁN: LLEGÓ LA U
¡COMO LA CUERDA CON QUE
SIEMPRE SALTAS ¡TÚÚÚÚ!
La niña vieja (veintipocos años malvividos) se contonea, salta, ríe, hace el payaso, se divierte. No hay nada para ella como jugar con sus hijos: la pequeña reata de niños disfruta viendo la actuación de su madre. Se sienten muy felices con tantos compañeros de juegos, sin tener siquiera que salir de casa.
─¡Queremos más canciones, mami!
─¡Cántanos otra, mamá!
─¡Sí, sí, mamaíta!
─¡Otra, otra!
El más pequeño sólo alcanza a sonreír con deleite. Tal vez piensa que vivir es algo muy divertido.
Aunque la niña mamá debe dejar los juegos: debe pensar en sus deberes de adulta. Darles el baño, ponerles el pijama, prepararles la cena y hacer que se la coman, entre juegos, pero estando muy alerta para que todos reciban su alimento, que ninguno se quede sin comer mientras otro se atiborra (como los pajarillos en su nido) y después meterlos en la cama y contarles cuentos hasta que se duerman, aunque las más de las veces es ella quien cae rendida, tal vez de pie, la cabeza apoyada en la litera de arriba, sobre el pecho de su mayor, hasta que la despierta el llanto del pequeño, que desde la cuna reclama su biberón…
Así un día tras otro, en una sucesión que ─sin embargo─ ella no encuentra monótona, pues está descubriendo la vida día a día, al tiempo que los niños. La fiesta no decae nunca, o casi nunca. ¡Qué diferente de su solitaria niñez! Los fines de semana vuelve el padre a casa, autoritario, posesivo, y todos ─niños y mujer─ se ponen repentinamente serios, atentos y ansiosos por evitar las regañinas de papá…
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