¿Cómo pudo ser? ¿Cómo Europa se vio involucrada en un conflicto que causó 15 millones de muertos entre soldados y civiles, y que, en palabras del historiador estadounidense de origen alemán Fritz Stern, fue “la primera calamidad del siglo XX, la calamidad de la que surgieron todas las demás calamidades”, y que para el historiador británico Paul Kennedy significó el comienzo del fin de la Era de Vasco de Gama, que había permitido al pequeño continente dominar el mundo durante más de 400 años?
La respuesta a esta pregunta ha dado origen a uno de
los debates más ricos de la
historiografía del siglo XX y
que continúa en el XXI. Debate sobre las causas de la Gran Guerra (la
Primera Guerra Mundial) en el que pueden distinguirse las cuatro etapas que voy
a desplegar a continuación.
1ª
etapa: del periodo de entreguerras a la Segunda Guerra Mundial (1920-1945)
Los avatares de las explicaciones de las causas del
conflicto comenzaron ya con el Tratado
de Versalles, firmado el 28 de
junio de 1919, pues el artículo 231 afirmaba:
“Los gobiernos aliados y asociado afirman, y Alemania
acepta, la responsabilidad de
Alemania y sus aliados por
haber causado todos los daños y pérdidas a los cuales los gobiernos aliados y
asociados se han visto sometidos como consecuencia de la guerra impuesta a
ellos por la agresión de Alemania y sus aliados”.
A partir de este momento, los diferentes gobiernos
comenzaron a publicar los famosos “Libros de colores”, donde se recogían los
principales documentos vinculados con el conflicto, aunque eso sí, previamente
expurgados para darles un carácter exculpatorio. A la labor gubernamental,
siguió la de los historiadores académicos, que rápidamente se dividieron en dos
tendencias que llegan hasta nuestros días: los revisionistas y los antirrevisionistas.
Los revisionistas, cuya tesis
fundamental era la no
culpabilidad de Alemania en el conflicto, tuvieron sus principales representantes en dos estadounidenses.
El primero fue Harry Elmer Barnes (1889-1968),
cuya obra La génesis de la Guerra Mundial (1925),
culpaba a Serbia, Francia y Rusia del conflicto; a la primera, por ser la
causante del atentado que acabó con la vida del archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofia Chotek, el
28 de junio de 1914, en Sarajevo; y a Francia y Rusia, por su política agresiva
y su deseo de acabar con el poderío del Imperio Alemán. La obra de Barnes fue
bien recibida en los ambientes académicos alemanes, como afirma Annika Mombauer,
pero posteriormente quedó desprestigiada por la actitud de Barnes ante el
ataque de Pearl Harbor –del que acusó al presidente de Estados Unidos Franklin
Delano Roosevelt– y por su negación del Holocausto.
Más interesante fue la obra del segundo historiador de
esta nacionalidad, Sidney
Bradshaw Fay (1876-1967),
en cuya obra Los orígenes de la Guerra Mundial (1928),
se planteaba por primera vez la teoría
de las responsabilidades colectivas,
para explicar el origen del conflicto.
Las obras de Barnes y Fay provocaron la reacción de un
grupo de historiadores, a los que se denominó antirrevisionistas,
porque su tesis principal era la defensa
de la culpabilidad alemana en
el conflicto tal como se había plasmado en el Tratado de Versalles. Dentro de
este grupo destacaron cuatro autores.
El primero fue el extraordinario historiador del
derecho alemán Hermann Kantorowicz (1877-1940), cuya obra Opinión sobre
las responsabilidades de la guerra de 1914, posteriormente reescrita
por Imanuel Geiss (1931-1912), y publicada en 1967,
responsabilizaba del conflicto al Gobierno alemán por haber otorgado “un cheque
en blanco” al austriaco tras el magnicidio de Sarajevo.
En la misma línea se situó el gran historiador francés
de las relaciones internacionales Pierre
Renouvin (1893-1974), en
cuya obra Los orígenes inmediatos de la guerra, publicada
en 1925, desarrollaba la idea, hoy aceptada de que Alemania, a través de su
canciller, Theobald von Bethmann
Hollweg, era partidaria de una
guerra limitada entre Austria-Hungría y Serbia, de ahí su apoyo a Viena; aunque
también se hubiera conformado con una victoria diplomática.
Por su parte, el estadounidense Bernadotte Everly Schmitt (1886-1969), en su libro La llegada de la guerra del
1914, publicado en 1930, y que obtuvo el Premio Pulitzer de Historia,
sostenía una idea similar, defendiendo que tanto Hollweg como el kaiser
alemán Guillermo II (1859-1941) aceptaron desde el primer momento el
riesgo de la guerra, y fueron, por tanto, los grandes responsables del
conflicto. Schmitt sostuvo un largo debate con Fay que influyó en generaciones
de estudiantes norteamericanos.
El último y más interesante de los antirrevisionistas fue
el italiano Luigi Albertini (1871-1941). Su obra Los orígenes de
la guerra de 1914, nunca acabada por la muerte de su autor, se
construyó a partir de las entrevistas realizadas a los principales
protagonistas de los hechos, lo que la convirtió en una de las obras de
historia más importantes del siglo XX. Albertini, con gran capacidad de
penetración en las fuentes que manejaba, llegó a la conclusión de que si bien
tanto Alemania como Austria-Hungría actuaron de forma inconsciente y agresiva,
precipitando los acontecimientos; las potencias de la Entente actuaron
torpemente: Francia, por la actitud revanchista del presidente de la República,
el lorenés Raymond Poincaré; Rusia, al precipitar los acontecimientos con la
declaración de la movilización total de sus tropas –29 de julio–, y sobre todo
Gran Bretaña, ya que la actitud ambivalente de su ministro de Asuntos
Exteriores Edward Gray –que reflejaba la división dentro del Gobierno
británico en relación a la participación o no en un conflicto continental–
convenció a alemanes y austro-húngaros de que esta nación no iba a participar
en ningún conflicto europeo, con lo que incremento su agresividad.
Con la magnifica obra de Albertini terminó la primera
etapa de este debate historiográfico.
2ª
etapa: la Guerra Fría (1945-1960)
El debate historiográfico en esta etapa estuvo marcado
por el conflicto entre el mundo capitalista y el comunista, lo que trajo como consecuencia
que los historiadores académicos occidentales optaran por posiciones revisionistas –no culpabilizar a Alemania del conflicto–, buscando la concordia entre los países capitalistas, a semejanza de lo que hicieron el francés Jacques Godechot (1907-1989)
y el estadounidense Robert (1909-2002), con su tesis sobre la revolución
atlántica.
En esta línea debe situarse el encuentro que un grupo
de historiadores franceses, encabezado por Renouvin sostuvo con un grupo de
colegas alemanes, liderados por Gerhard
Ritter (1888-1967) en 1951,
en Paris (Francia) y Mainz (República Federal Alemana), donde llegaron a las
siguientes conclusiones:
- Ningún Gobierno ni ningún pueblo europeo deseaba
la guerra en 1914.
- El Ejército alemán estaba más dispuesto a aceptar
la eventualidad de un conflicto, pero no hay evidencias de que su posición
influyera en la actitud del Gobierno de este país.
- La guerra entre Austria-Hungría y Serbia que
estalló en 1914 era la
culminación de un largo conflicto iniciado en 1903 con
el cambio de dinastía que tuvo lugar en el país balcánico.
En la misma línea de búsqueda de responsabilidades
compartidas se situó el historiador británico Alan John Percivale Taylor (1906-1990) con sus obras El curso
de la historia alemana (1945) y sobre todo La lucha
por el dominio de Europa 1848-1918 (1957), quien afirmó que no
puede culparse a ninguna nación de la responsabilidad del conflicto ya que en
Europa existía un sistema de alianzas enfrentados, integrado por la Triple Entente –Francia,
Gran Bretaña y Rusia– y la Triple
Alianza –Alemania,
Austria-Hungría e Italia–; pero tampoco podría afirmarse que la guerra estalló
por los sistemas de alianzas existentes, sino por la crisis de los mismos, ya
que ninguno de los países
integrantes de los mismos actuó de acuerdo con la letra de los tratados.
Así, por ejemplo, Alemania estaba obligada a ir a la
guerra contra Rusia si esta atacaba Austria-Hungría, y sin embargo, la
declaración de guerra alemana fue anterior a este hecho; por su parte, Gran
Bretaña debía salvaguardar la neutralidad belga si esta nación era atacada por
Alemania, y, por el contrario, los británicos ocuparon Amberes antes que los
soldados alemanes pongan un píe en Bélgica. Taylor terminaba concluyendo
que la Primera Guerra
Mundial fue en su origen una Tercera Guerra Balcánica, que tras una reacción en cadena, producida por los
compromisos existentes, derivo en un gran conflicto mundial. Esta tesis fue
ampliamente criticada por su planteamiento simplista y monocausal.
3ª
etapa: la tesis de Fischer y sus consecuencias (1961-2011)
En 1961, en plena coexistencia pacífica entre el
bloque comunista y el bloque capitalista, el historiador marxista germano
occidental Fritz Fischer (1908-1999) publicaba una obra que habría de
marcar de forma indeleble el estudio de las causas y responsabilidades de la I
Guerra Mundial: Hacia el poder Mundial. Los objetivos de guerra de
la Alemania Imperial (1914-1918). En esta obra, Fischer, antiguo
militante nazi, volvía a las tesis antirrevisionistas, afirmando
de forma explicita que Alemania era la culpable del conflicto, tal como había
establecido el Tratado de Versalles. Fischer se apoyaba en el programa de paz
elaborado en septiembre de 1914 por el Gobierno alemán, articulado sobre cinco
aspectos:
- La constitución
de una Mitteleurope (Europa
Central), que haría de Alemania la potencia hegemónica del continente.
- La colocación de Francia bajo dependencia
alemana; lo que implicaba la cesión de hierro de Lorena, el pago de
indemnizaciones económicas, y el desmantelamiento de las fortificaciones
de Dunkerque.
- La transformación de Bélgica en Estado vasallo de
Alemania.
- La constitución de un vasto dominio africano con
centro en el Congo belga, y que abarcaría buena parte del centro-sur del
continente.
- La creación de Estados tapones entre Alemania y
Rusia, bajo príncipes alemanes.
Este programa imperialista, según el historiador
alemán, era compartido por los militares políticos, industriales, científicos,
banqueros y economistas; es decir, por toda la élite del país, y habría de llevarse
a cabo mediante el desencadenamiento de un conflicto mundial, que comenzó a
planificarse en una reunión del kaiser Guillermo II con sus mandos militares el
8 de diciembre de 1912.
En 1969, Fischer publicó una nueva obra: La
guerra de las ilusiones, donde volvía a insistir en las mismas tesis,
pero ahora apoyándose en la política interna alemana, y más concretamente en
tres puntos clave:
- La guerra fue para el gobierno alemán una
coartada frente a la democracia y el socialismo, esto es, contra el peligro
social y político interno, cada vez mayor, dado el crecimiento económico
alemán.
- La guerra permitió estimular una economía en
crisis.
- Muchos testimonios vienen a confirmar la decisión
alemana en pro de una
guerra “preventiva”, capaz de destruir el agobiante cerco
de la Triple Alianza. De hecho en los círculos militares alemanes se
arrepentían de no haber ido a la guerra en el año 1905.
La obra de Fischer provocó un enorme impacto en dos
frentes: el político y el académico. En el primero, porque podía romper la
solidaridad occidental, articulada en torno a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Comunidad
Económica Europea (CEE), y
necesaria para hacer frente a la amenaza comunista. Además, se apoyaba en un
documento escrito con posterioridad al estallido del conflicto, y por tanto
inválido para explicar los antecedentes del mismo, ya que en la historia no
existen los efectos retroactivos.
En el académico, porque su interpretación rompía con
la interpretación dominante hasta entonces, al primar los factores internos, lo
que se conoció como Primat der Innenpolitik (“Primacía de la Política Interior”) frente a la Primat der Aussenpolitik (“Primacía de la Política Exterior”) que había sido hegemónica hasta ese momento. Este
planteamiento revolucionario produjo una división de los historiadores en dos
campos.
El primero fue el formado por los opositores a las tesis de Fischer, de posición revisionista, y que estuvieron encabezado inicialmente por Ritter, quien no sólo se
limitó a rebatir los argumentos en el segundo volumen de su obra La
espada y el cetro (1967), argumentando que no estaba demostrado
el carácter agresivo de la política alemana, ni tampoco sus fines
expansionistas, ya que el canciller Bethmann Hollweg se había opuesto a los
planes del Ejército; sino que presionó para que se le quitara la ayuda
económica que había recibido del Gobierno federal para impartir una serie de
conferencias en Estados Unidos, argumentando que “era un mal alemán”.
La oposición a la obra de Fischer fue continuada por
grandes historiadores alemanes y anglosajones. El primero fue el alemán Wolfgang Mommsen (1930-2004),
cuya crítica a Fischer, plasmada en sus artículos “El debate sobre los objetivos de guerra alemanes” (1966) y sobre todo “La crisis latente del Imperio Alemán (1909-1914)” fue muy matizada, ya que si bien consideró la
tesis de la Primat der Innenpolitik como fundamental para
entender el primer conflicto mundial, negó que el mismo fuera buscado por
Alemania, aunque sí vio en él una oportunidad para romper el cerco al que
estaba sometido por la Triple Entente.
Más contundente fue el francés Jacques Droz,
cuya obra Las causas de la Primera Guerra Mundial (1972)
matizaba las afirmaciones de Fischer, inclinándose por una responsabilidad
compartida con el gobierno austriaco, y algunos estadistas aliados como el
presidente de la República francesa Poincaré y el primer ministro
italiano Antonio Salandra, cuyas ambiciones nacionalistas no desmerecían de las
alemanas.
En los últimos años, la crítica a Fischer ha procedido
de tres excelentes historiadores: los alemanes Holger H. Herwig (nacido en 1941) y Annika
Mombauer (nacida en 1967) y
el británico Niall Ferguson (nacido en 1964). Herwig, uno de los
historiadores que mejor conocen la I Guerra Mundial, tema sobre el que ha
centrado toda su carrera académica, demostró en obras como “La
Flota de lujo”. La Marina Imperial Alemana (1888-1918)(1980), que la
mayor parte de la élite económica alemana era contraria a un conflicto armado,
salvo los empresarios armamentísticos como Krupp o Mauser;
destacando en este sentido fabricas como la química Bayer, el Deutsche Bank y
sobre todo la Hamburg-Amerikanische–Paketfahrt-Aktien-Gesellschaft
(HAPAG), la mayor empresa naviera del mundo, cuyo presidente y dueño, Albert Ballin actuó
hasta el último momento como mediador para evitar el conflicto entre Gran
Bretaña y Alemania.
Mombauer, en su obra Helmuth von Moltke y los orígenes de la Primera Guerra Mundial (2001), ha negado que la guerra fuera
planificada por Alemania, aunque reconoce que el militarismo alemán y la visión
hegemónica del Imperio fueron claves en el desencadenamiento del conflicto. Por
su parte, Ferguson, en su libro La compasión de la guerra (1998), ha rechazado la tesis de Fischer
haciendo recaer la causa fundamental del conflicto en la actitud dubitativa del
Gobierno británico frente al alemán, que intentó utilizar la crisis para buscar
un acuerdo general en Europa.
Si Fischer tuvo numerosos detractores, también es
cierto que contó con importantes seguidores en la comunidad académica, que
defendieron tesis antirrevisionistas,
responsabilizando a Alemania del conflicto. Dentro de este grupo, destacaron dos escuelas.
La primera estaba
formada por los historiadores
marxistas seguidores
de la Primat der Innenpolitik, como
el estadounidense de origen luxemburgués Arno J. Mayer (nacido
en 1926), quien en su obra La primacía de las políticas domesticas (1967),
afirmaba que la I Guerra Mundial fue provocada por la situación casi
revolucionaria que vivía Europa en 1914 como consecuencia de las tensiones
sociales existentes, y el alemán Hans-Ulrich
Wehler (nacido en 1931),
autor de una obra de gran importancia, El Imperio Alemán 1871-1918 (1985),
donde sintetiza su teoría del sonderweg (“camino especial”),
que caracteriza el proceso de modernización de Alemania como parcial, ya que
las transformaciones económicas no fueron acompañadas de cambios sociales, lo
que trajo como consecuencia que una élite aristocrática antidemocrática
provocara dos guerras mundiales con el único objetivo de mantener su posición
dominante.
La segunda escuela estuvo integrada por historiadores
no marxistas anglosajones,
destacando tres:
El primero fue el germano-estadounidense Henry Kissinger (nacido
en 1923), figura clave de la política exterior de Estados Unidos en la segunda
mitad del siglo XX y catedrático de Relaciones Internacionales en la
Universidad de Harvard, quien en su obra Diplomacia (2001)
insiste en el papel capital del kaiser Guillermo II, factotum de
la política exterior alemana, centrándose en dos aspectos. De un lado, que
Guillermo II creó en los años anteriores a la I Guerra Mundial la sensación de
que Alemania aspiraba al dominio del mundo (Weltmacht),
provocando que las grandes potencias –Rusia, Francia y Gran Bretaña– se uniesen
contra ella, ante el temor de que pudiese desencadenar un conflicto para
conseguir ese objetivo. Y de otro, que en 1914, el kaiser consideraba que el
cerco de las tres potencias anteriormente citadas se estrechaba cada vez más, y
lo que era más importante, no podía romperse, como habían demostrado las
consecuencias de las crisis balcánicas y marroquíes. Ante esta situación,
Guillermo II consideró que cuando antes estallase el conflicto, más fácil sería
conseguir la victoria. Por eso, apoyó a Austria-Hungría en 1914 contra Serbia,
y declaró la guerra a Rusia.
El segundo, el germano-británico John C. G. Röhl (nacido
en 1938), el mayor especialista mundial sobre Guillermo II, autor de una docena
de libros sobre este personaje y la historia reciente de Alemania, el último
publicado en abril de 2014, quien ha desarrollado la teoría –muy similar a la
de Kissinger– de que fue la actitud y las decisiones políticas del soberano
alemán, las que empujaron al primer conflicto mundial.
Finalmente, el también británico Paul Kennedy (nacido
en 1945), profesor de Historia Moderna en la Universidad de Yale, en su
obra El ascenso del antagonismo anglo-germano (1860-1914) también
ha insistido en la responsabilidad de Guillermo II en el conflicto, aunque
considera que el resto de potencias consideraban la guerra como una posibilidad
si no deseada, sí al menos, no rechazable.
La talla de todos los historiadores que hemos citado
demuestra la enorme influencia de la obra de Fischer y su papel en el debate
sobre las causas de la I Guerra Mundial, lo que explica que 65 de los mayores
especialistas sobre el tema se reunieran en Londres, en 2011, en un coloquio
titulado La Controversia Fischer 50 años después –organizado
por Mombauer– para analizar la trascendencia de su obra.
4ª
etapa: de 2011 a nuestros días
La celebración del centenario de la I Guerra Mundial en 2014 ha activado de nuevo el debate sobre las
causas que provocaron este conflicto, aunque en el mundo anglosajón y germano
siempre había estado presente. De todas las obras publicadas con ocasión de
esta fecha, destaca sin duda la del revisionista australiano Christopher Clark con
su obra Sonámbulos (2014). En este libro, Clark, que
utiliza unos planteamientos propios de la historia cultural, dando una primacía
completa al ámbito político y a las élites gubernamentales, y no tanto a los
soberanos, insiste en los siguientes aspectos:
- El carácter
agresivo de la política serbia a partir de 1903, cuyo
objetivo era la destrucción del Imperio Austro-Húngaro, para unir a todos
los eslavos del sur bajo su dominio. Fue este carácter agresivo lo que
explica las conexiones del Gobierno de Belgrado con los grupos terroristas
que cometieron el magnicidio de Sarajevo, siguiendo órdenes de los
servicios secretos del Ejército, aunque no directamente del ejecutivo,
que, sin embargo, si tenía un conocimiento previo de lo que iba a ocurrir.
- La decadencia
relativa del Imperio Británico, lo que llevó a Londres a
buscar la alianza con Francia y Rusia, ya que sus recursos no le permitían
defender eficazmente sus posiciones, especialmente en la India, amenazadas
por el avance ruso en Asia Central. Fue esta debilidad lo que hizo que
Londres se viera implicado en la maraña de los Balcanes, ya que el
Gobierno británico consideraba la amistad con Rusia –salvaguarda de sus
posesiones asiáticas– como su prioridad fundamental; a pesar de la
división existente dentro del mismo entre intervencionistas y no
intervencionistas, y que Rusia no respetaba los acuerdos suscritos, como
demostraba con su política agresiva en Persia, lo que estaba llevando a
que determinados miembros del ejecutivo, incluido el propio Gray,
estuvieran pensando en sustituir la alianza con San Petersburgo por un
acuerdo con Alemania
- El carácter
expansionista del Imperio Ruso, que tras haber visto
frenadas sus ansias conquistadoras en Asia tras el acuerdo con Gran
Bretaña en 1907, había puesto sus ojos en el estrecho de los Dardanelos,
lo que le permitiría tener un acceso libre al mar Mediterráneo. El
Gobierno de San Petersburgo consideraba que ese objetivo sólo podría
lograrse en el escenario de una guerra general europea.
- La política
de seguidista de Francia en relación con Rusia, ya que
consideraba que sólo la amistad con esta gran potencia euroasiática le
permitiría enfrentarse con garantías a Alemania. Esa amistad había llevado
a Paris a considerar que si Rusia se viera implicada en un conflicto
balcánico los ejércitos franceses deberían apoyarla.
- La política
exterior ineficaz de las dos potencias centrales. En el
caso del Imperio
Austro-Húngaro por la compleja estructura
constitucional, que obligaba a que cualquier acuerdo debería ser aprobado
tanto por el Gobierno austriaco como por el húngaro, y también a la
existencia de posiciones contrapuestas, ya que las tendencias belicistas
en contra de Serbia eran anuladas por el archiduque Francisco Fernando,
heredero del Imperio, pacifista y partidario de una reforma que
convirtiera a Austro-Hungría en una estructura federal.
En el caso del Imperio Alemán,
esa ineficacia era consecuencia de la existencia de diferentes tendencias en la
élite dirigente, y de la carencia de un sistema unitario en la toma de
decisiones. Esta situación hubiera podido subsanarse si el kaiser Guillermo II
hubiera actuado como elemento unificador. Sin embargo, su personalidad pueril,
indiscreta y sus constantes salidas de tono había provocado que sus posiciones
estuvieran fuertemente supervisadas por el canciller Bethmann Hollweg cuando no
eran totalmente ignoradas.
En función de esta situación planteada por Clark,
novedosa en muchos aspectos, es imposible culpar a Alemania del desarrollo del
conflicto. Es más. El historiador australiano considera que durante la crisis
de julio de 1914, que fue el preludio de la guerra, Berlín fue un mar de tranquilidad frente al histerismo que
caracterizó otras capitales europeas, y que a lo máximo que aspiraba el Gobierno alemán era a un conflicto
localizado entre Serbia y Austro-Hungría, conformándose con un acuerdo
diplomático que hubiera supuesto un desprestigio para Belgrado.
Conclusión
El debate sobre las causas de la I Guerra Mundial, que
todavía continúa abierto, ha sido clave para comprender este complejo
acontecimiento y rechazar las explicaciones simplistas y monistas sobre el
mismo. De hecho, gracias a la labor de los grandes historiadores que han
participado en el mismo, existe un conjunto
de hechos de gran importancia sobre los que existe un notable consenso, y entre los que destacamos los siguientes:
- A diferencia de lo que pueda pensarse, cada una
de las grandes potencias europeas en 1914 carecían de un sistema establecido y
coherente en el proceso de toma de decisiones, existiendo
numerosos escalones que actuaban, en numerosas ocasiones, de forma
autónoma. Esta situación era común a todos los grandes países del
continente, incluyendo los más autoritarios como los Imperios Ruso,
Austro-Húngaro y Alemán.
- En la Europa de 1914, existían notables problemas interiores en todas las
grandes potencias, no sólo en Austria-Hungría y Alemania,
destacando el descontento social en Rusia, que terminaría derivando en las
revoluciones de 1917 y el gravísimo problema irlandés en el Imperio
Británico, que había colocado al país casi al borde de la guerra civil por
el descontento en el seno del Ejército por la concesión de la autonomía a
este territorio.
- El eje de las relaciones internacionales en 1914 no se limitaba única y
exclusivamente al continente europeo, sino que también
abarcaba los imperios coloniales. Si no se tienen en cuenta estos
territorios, especialmente los británicos, así como sus zonas de
influencia –Persia o Afganistán–, sometidos a una fuerte presión por parte
del Imperio Ruso, no se puede tener una visión global de las alianzas y
enfrentamientos entre las grandes potencias europeas.
- La política agresiva no era patrimonio del
Imperio Alemán. Por el
contrario, era mayor en Rusia, tanto en Asia como en los Balcanes, y en
Serbia, cuyo Gobierno había iniciado una política de claro enfrentamiento
con el Imperio Austro-Húngaro con el objetivo final de provocar su derrumbamiento
para apropiarse de sus despojos.
- En el Imperio Alemán si existía, especialmente en sus élites
militares, una sensación de que el tiempo corría en su contra, ya que su
único aliado, el Imperio Austro-Húngaro, se estaba desangrando por las
tensiones nacionalistas que existían en su interior, y Rusia se estaba
rearmando, lo que podía traer como consecuencia que en pocos años, la
situación militar le fuera claramente desfavorable. De ahí que en esa
élite militar se hubiera instalado la idea de desencadenar una guerra preventiva;
opinión que era rechazada por la élite política civil.
- Situación similar existía en
Austro-Hungría donde
la élite militar era partidaria de desencadenar un conflicto inmediato
contra Serbia, mientras que los gobiernos tanto austriaco como húngaro,
así como el archiduque Francisco Fernando, eran partidarios de mantener
una política pacifista.
- Francia y Gran Bretaña se encontraban en una
situación paradójica y difícil como consecuencia de su amistad con Rusia.
La primera no
había olvidado Alsacia y Lorena, perdidas tras la derrota
frente a Prusia en 1870, y se mostraba deseosa de recuperarlas, a la vez
que tenía la potencia militar alemana. De ahí su apoyo incondicional a
Rusia en los Balcanes. Por el contrario, Gran Bretaña se encontraba en una posición
absolutamente ambivalente y dubitativa. Su economía no le
permitía sostener su imperio sin aliados, especialmente la joya de la
Corona, la India, pero a la vez el Gobierno estaba dividido entre
intervencionistas y no intervencionistas en un conflicto europeo, y tanto
la mayor parte de la clase política como del pueblo británico sentía una
profunda animadversión al Gobierno ruso.
- La élite económica –salvo excepciones–, especialmente los
financieros y grandes comerciantes, se mostraba contraria a un conflicto, ya que
podría poner en peligro sus negocios.
Este conjunto de hechos es significativo de la
complejidad que supone determinar qué causas provocaron la I Guerra Mundial. En
todo caso, el debate continúa…
[Este texto de Roberto
Muñoz Bolaños apareció el 28 de julio de 2014 en la revista Anatomía de la
Historia]
Excelente artículo. Las fuentes bibliográficas mencionadas no las conocía. Esperaré otro artículo. Gracias
ResponderEliminarMuñas gracias, como dice al final del mismo, este artículo escrito por el historiador Roberto Muñoz Bolaños fue publicado en una revista digital dedicada a la Historia que yo dirigí pero que desgraciadamente ya no existe. Gracias por leernos.
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