Noviembre de 2017 y septiembre de 1980. Mike Scott y Nuria Espert. Los Waterboys y García Lorca. José Luis González Subías y ELLA.


El día 20 de noviembre escuché y admiré el espectáculo
musical repleto de vigor, estilo y ritmo —de esa teatralidad que pueden tener
en ocasiones los conciertos de música propuestos por los verdaderos artistas—
que están paseando por el mundo The Waterboys con motivo de la puesta de largo
de su especialísimo disco más reciente, Out of All This Blue.
Y el día 25 contemplé asombrado la personalísima (tradicional
y moderna a un tiempo) puesta en escena que el dramaturgo argentino Pablo Messiez ha llevado a cabo de las Bodas
de sangre de Federico García Lorca, trayéndonos a 2017 una obra maestra que es un clásico
desde su estreno en 1933 y que fuera ideada en el remoto año ya de 1931, cuando
el andaluz eterno la escribió para dejarnos una mueca de sentimiento trágico
telúrico.
De Bodas de
sangre mi amigo Jose, José Luis González Subías, que me llevó literalmente
al teatro a verla, ha escrito, con su destreza habitual para su inminente historia del teatro español que yo
mismo tengo el orgullo de estar editándole, esto:
“La importancia otorgada
por Federico García Lorca al teatro se pone de manifiesto no solo en su cultivo
y el deseo de darle nueva savia sino en la creación de un proyecto de teatro
universitario, apoyado y financiado por el gobierno de la Segunda República,
destinado a divulgar el teatro clásico español por los pueblos de España. Así
nació La Barraca, compañía aficionada —todos sus miembros participaron en ella
de forma desinteresada— nacida a finales de 1931 y dirigida por Lorca junto con
el escritor y director de cine Eduardo Ugarte, que anduvo por los caminos hasta
el estallido de la Guerra Civil y el asesinato del poeta granadino.
En este período escribe
el dramaturgo el grupo de textos de mayor trascendencia en el conjunto de su
obra teatral. Nos referimos —dejando a un lado a Doña Rosita la soltera, no por carecer de importancia, sino por
tratarse de una pieza totalmente distinta a las que pretendemos destacar,
centrada en el drama interior de una solterona, tratado con suma delicadeza e
intenso lirismo— al grupo de dramas
rurales que, encabezado por Bodas de
sangre, finaliza con ese “drama de mujeres en los pueblos de España”
presentado con el título de La casa de
Bernarda Alba, testamento dramático de García Lorca. En estas tres obras,
el autor opta por una nueva vía en su dramaturgia que acerca su teatro a un realismo lírico presente ya en su
poesía popular de los años veinte.
[…]
A pesar de su
acercamiento al realismo, tanto en Bodas
de sangre (1933) como en Yerma (1934)
—especialmente en la primera— el componente lírico se halla aún muy presente en
la acción dramática, a la que se incorpora como elemento esencial de la misma
—buena parte de las intervenciones de los personajes se hallan en verso; ese verso lorquiano tan característico que
expresa como ninguno el hondo y dolorido sentir del pueblo andaluz, vestido de
surrealismo—; tanto como el simbólico, visible no solo en el lenguaje sino
en la escenografía o en el nombre mismo de algunos personajes, cuando estos no
se presentan simplemente —como ocurre en la mayor parte de los casos— como
“mujer”, “suegra”, “padre”, “madre”, “novio”, “novia”, “vieja”, “hombre”,
“niño”, “cuñada”, “muchacha”... Más explícitamente incluso en Bodas de sangre, con la intervención personificada de la luna y
la muerte —esta última en forma de mendiga— en escena.
La tragedia recreada en la primera de estas obras es, en realidad, un
tradicional conflicto de amor, deshonra
y adulterio, que finaliza con la muerte de los dos hombres implicados.
Los temores de la madre
del novio anticipan un desenlace que se percibe desde el inicio del texto, al
que contribuye un trasfondo social
arcaico y opresivo, propio de pequeños pueblos donde no hay privacidad y
todos sus habitantes se conocen. Esta, a quien solo le queda un hijo con vida,
odia a Leonardo, quien intuimos tiene alguna relación, al menos de parentesco,
con los responsables de la muerte de los restantes hombres de su casa:
¿Qué sangre va a tener? La de toda su familia. Mana de su bisabuelo, que empezó matando, y sigue en toda la mala ralea, manejadores de cuchillos y gente de falsa sonrisa. (II, 2)
El lirismo lorquiano se
mezcla con la tierra y la fuerza de una
naturaleza salvaje e instintiva, manifestada en un lenguaje descarnado y
directo alejado, en feroz contraste, de cualquier poeticidad, que acerca a los
personajes a un primitivo mundo animal de supervivencia, reproducción y
muerte:
MADRE. Mi hijo la cubrirá bien. Es de buena simiente. Su padre pudo haber tenido conmigo muchos hijos. [...]PADRE. Ahora tienes que esperar. Mi hija es ancha y tu hijo es fuerte. (II, 2)
La brutalidad de ese mundo dominado por hombres en el que la mujer
ocupa un papel esencial, pero siempre pasivo y receptor frente a la sombra del
macho, semeja los vínculos afectivos entre los miembros de una manada donde las
relaciones jerárquicas se establecen con claridad, siempre a partir de
argumentos ligados a la ley del más fuerte:
Con tu mujer procura estar cariñoso, y si le notas infatuada o arisca, hazle una caricia que le produzca un poco de daño, un abrazo fuerte, un mordisco y luego un beso suave. Que ella no pueda disgustarse, pero que sienta que tú eres el macho, el amo, el que mandas. (II, 2)
Así se expresa la madre
del novio, personaje cercano a la madre de La
casa de Bernarda Alba tanto en la fortaleza de su carácter como en su
condición de valedora de una sociedad
patriarcal y machista a la que contribuye con su actitud y sus enseñanzas
del orden establecido. Pero a este orden se opone la fuerza del instinto
natural, de una pasión irrefrenable que empujará a la novia a escapar con
Leonardo, su antiguo novio; y a este a abandonar a su mujer encinta y al
pequeño hijo de ambos:
Que yo no tengo la culpa, / que la culpa es de la tierra / y de ese olor que te sale / de los pechos y las trenzas.
Tan animal e instintiva
como la de la novia fugada:
Desnuda, mirando el campo, / como si fuera una perra, / ¡porque eso soy! Que te miro / y tu hermosura me quema.
La tragedia culminará con
la muerte de los dos machos y la actitud orgullosa y resignada de una dolorida
madre que impone silencio a su alrededor, como hará después su heredera Bernarda Alba:
Calla, he dicho. [...] ¿Te quieres callar? [...] No quiero ver a nadie. La tierra y yo. Mi llanto y yo. Y estas cuatro paredes.
[…]
El
universo trágico de Lorca responde a la actitud combativa de
un hombre que trata de luchar contra los prejuicios de una sociedad que
considera atrasada y esencialmente represora de la libertad individual.”

Yo, que soy más de música, y fui mucho de conciertos,
esta semana he podido sentir la nostalgia vívida del ser espléndido que nos
procuran los artistas, los actores de teatro y los músicos a carta cabal.
[De la obra de teatro que disfruté el día 20 ha escrito Jose en su magnífico blog (La Última Bambalina) esto que puedes leer AQUÍ]
[De lo de los Waterboys, yo mismo hablo en Periodistas en Español, en un artículo que puedes leer AQUÍ]
[De la obra de teatro que disfruté el día 20 ha escrito Jose en su magnífico blog (La Última Bambalina) esto que puedes leer AQUÍ]
[De lo de los Waterboys, yo mismo hablo en Periodistas en Español, en un artículo que puedes leer AQUÍ]
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