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Pogačar, el monstruo con cara de niño; por José Antonio Pérez

“Se va a inmolar, es un auténtico suicido”. Es lo que piensa Remco Evenepoel, doble oro olímpico en París y campeón mundial hace solo dos años, cuando Tadej Pogačar saca el sable y carga a degüello sobre su montura en el Mundial de Ciclismo de 2024. Lo mismo le ronda por la cabeza a Mathieu van der Poel, el rey de las clásicas, vencedor ese mismo año en los adoquines sangrientos de Rubaix y Flandes. Pero el esloveno, al que ven partir en una dura rampa a cien kilómetros de la meta, solo tiene una idea en la cabeza: reventar la carrera, destrozarla, abrir hueco y presentarse sin nadie que le haga sombra en la meta de Zúrich. Quiere pasar a la historia de este deporte como uno de los elegidos. Lo demás, poco importa. Es la frontera entre la gloria y el fracaso, la que separa a los dioses de los simples mortales. El ciclista con cara de niño lleva en la mirada la obsesión de quien se sabe superior a todos los demás. Es el heredero natural del innombrable, el mejor de todos los tiempos, el belga caníbal que devoraba a sus rivales. Pogačar, el joven príncipe del ciclismo, no se gira ni un momento para comprobar si sus dos máximos rivales se han quedado cortados. Lo saben sus piernas y lo sabe su corazón, que bombea y percute con la cadencia acompasada de un martillo pilón cuando parte para ganar su primer mundial.


La prueba de 274 km de distancia y 4.500 m de desnivel acumulado, será el escenario de una de las mayores exhibiciones de la historia de este deporte, tan solo comparable con la que protagonizó Bernad Hinault en el Mundial de 1980. El bretón, pura rabia y corazón, ganador de cinco tours de Francia, los mismos que Jacques Anquetil, Eddy Merckx y Miguel Indurain, llegó ese año a la línea de salida encorajinado, mascando sus deseos de venganza después de haber tenido que abandonar la ronda francesa unas semanas antes cuando iba vestido de amarillo y con tres etapas en el zurrón. Aquella maldita tendinitis, que años más tarde volvería a torturarle de nuevo, le había obligado a echar pie a tierra cuando todo apuntaba a una nueva victoria en la ronda gala, tras las conseguidas en 1978 y 1979. Pero esta vez sería distinto. Hinault tomó la salida dispuesto a destrozar a sus rivales en el llamado circuito de la muerte de Sallanches, el más duro de la historia, un trazado brutal con veinte ascensiones al alto de Domancy, un puerto corto, con rampas de hasta el 17 % de desnivel. Veinte ascensiones al infierno. Fue cuando Hinault, igual que hará años más tarde Pogačar, destrozó la carrera a cien kilómetros de meta. Ocurrió en la vuelta número 13, un número maldito que nadie olvidará jamás, sobre todo el cuarteto formado por Pollentier, Baronchelli, Millar y Marcussen, los únicos que se atrevieron a seguir la rueda del francés. Uno a uno fue acabando con ellos. En cada vuelta, en cada cota, un muerto. Solo el italiano resistió el ritmo frenético que impuso el caimán. Ni una mirada atrás, ni un gesto pidiendo relevo. No necesitaba ayuda. El orgullo que tantas veces se volvería en su contra a lo largo de carrera, le podía y le comía por dentro. Con los ojos inyectados en sangre, clavados en la carretera. sintió cómo el último mohicano entregó la cuchara a veinte kilómetros de la meta, incapaz de seguirle. Nuestro Juan Fernández, todo pundonor, llegó tercero. Al bajar de la bici, tambaleante, abrazado a Ramón Mendiburu, el seleccionador español, dijo que había sido el día más duro de su vida. Los datos hablan por sí solos. De los 107 ciclistas que tomaron la salida solo 15 cruzaron la meta, 14 de ellos, destrozados. Frente a ellos, Hinault, en pie, orgulloso, todavía desafiante, orgulloso de su hazaña.

Cuatro décadas y cuatro años después Pogačar está haciendo algo parecido. Solo un valiente responde esta vez al ataque, el italiano Andrea Bagioli. El tres veces campeón del Tour de Francia aún tiene por delante una escapada de 16 corredores. Entre ellos cuenta con un compañero de equipo, Jan Tratnik, que se descuelga del grupo para ayudar a su jefe de filas. A 89 km de meta el dúo logra alcanza a los destacados, donde viajan ciclistas ilustres, entre ellos, el francés Pavel Sivakov, que sueña con pegarse a la rueda del esloveno en el próximo ataque. Si pudiera seguirle, piensa, tendría al menos una opción. Pobre. Cuando Pogačar vuelve sacar el hacha de guerra, trata de soltarse, pero solo resiste unos pocos kilómetros. Asfixiado, destrozado por dentro y por fuera, Sivakov se rinde. Todavía quedan 50 km para cruzar la meta. Mientras tanto, por detrás se ha desatado una lucha sin cuartel para tratar de hacer segundo, porque a esa altura de la carrera todos piensan que es imposible alcanzar al príncipe. Healy, Skujins, Van der Poel, Evenepoel, O’Connor, Marc Hirschi y Enric Mas colaboran para tratar de recortar distancias, pero todo parece decidido. Consiguen acercarse a 40 segundos. Tan cerca y tan lejos a la vez. Inalcanzable para ellos. A un kilómetro de Zúrich, Pogačar tiene el título en sus manos. Y con él, la triple corona: Giro, Tour y Mundial, algo que solo han logrado Eddy Merckx (1974) y Stephen Roche (1987). El esloveno sacude la cabeza y entra en meta emocionado, consciente de la hazaña histórica que acaba de lograr, una de esas que recordarán los cronistas dentro de cien años. El príncipe cruza la línea y llora como lo que es, un niño que acaba de cumplir un sueño.

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