En 1609, Lope de Vega (Madrid, 1562-1635) publica su Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, una poética de la dramaturgia que llevaba cultivando desde hacía años y que sienta de manera definitiva las bases teóricas de una fórmula dramática ya triunfante en la escena, imitada hasta la saciedad por todos los poetas de su tiempo que escribieron teatro. La huella de la comedia nueva —las piezas teatrales del Siglo de Oro han recibido tradicionalmente la denominación de “comedia”, aunque su contenido pueda hallarse alejado en muchas ocasiones de lo que se entiende estrictamente como tal desde la teoría de los géneros— se halla presente más allá del teatro del siglo XVII; y, convertida por méritos propios en el sello distintivo del teatro clásico nacional, su influjo se dejará sentir en el teatro español —y extranjero— durante siglos.
Lope escribió un teatro dirigido al pueblo, su público
mayoritario, pero consumido igualmente por la nobleza; y ambos estamentos
sociales se sienten retratados en sus obras, compartiendo protagonismo. Si bien
es cierto que, entre los personajes tipificados de estas comedias, la dama y el
galán ocupan generalmente el papel central de la acción, perteneciendo ambos al
estamento nobiliario, del que forman parte asimismo el poderoso despótico o el
caballero protector de la honestidad de la dama —normalmente padre o hermano de
esta, cuando no el propio galán—, incluso el mismo rey, papel de similar
relevancia ofrecen el villano rural —paradigma de la igualitaria honra, que no
atiende a distinciones sociales cuando debe salvaguardarse— y los criados de
los jóvenes enamorados, entre los que descuella el gracioso. Es esta figura del
donaire una creación singular del teatro español, contrapunto inseparable del
galán sobre el que recae el peso de la comicidad de estas obras y con quien los
espectadores masculinos del patio mayormente se sentirían identificados. Sus
ingeniosas salidas y continuos enredos, así como sus requiebros amorosos a las
criadas de la dama, rebajan el tono dramático de ciertas situaciones y
descargan la tensión, aportando a la “comedia” su esencia genérica y
convirtiendo a buena parte de estas piezas, cuyo contenido alcanzaba en
ocasiones un valor trágico, en auténticas tragicomedias.
Aunque los temas tratados en el teatro clásico español
son variados, será difícil encontrar una comedia donde no se ofrezca un caso de
amor o de honra. Ya lo dijo Lope: “Los casos de la honra son mejores, / porque
mueven con fuerza a toda gente”; y lo mismo cabría decir del amor, verdadero
motor del mundo, capaz de deshacer con su arrebatadora fuerza la honra tan
celosamente guardada, lo que hace que ambos temas aparezcan con frecuencia
ligados y den lugar a situaciones de marcado carácter trágico.
Es esta precisamente otra de las características más
señaladas de la comedia áurea, la mezcla de elementos trágicos y cómicos,
partiendo de un principio de libertad artística frente a los cánones clásicos
—“cuando he de escribir una comedia, encierro los preceptos con seis llaves”,
afirmaba Lope—, que vemos reflejado asimismo en la ruptura de las unidades de
tiempo y lugar o en el empleo de versos polimétricos. Las obras se dividen
asimismo en tres actos —llamados normalmente jornadas—, alejándose de nuevo de
las recomendaciones de Horacio y de la comedia plautina, en un intento continuo
de provocar y mantener el interés, y ajustar la estructura a la intriga, que se
erigirá en el resorte básico de la acción. Todos estos rasgos contribuyen, en
mayor o menor medida, a crear unos textos de un ritmo brillante cuya principal
finalidad reside en entretener y satisfacer a los espectadores; aunque no
debemos olvidar que, tras la anécdota de la trama, subyace todo un mundo de
valores ideológicos y una moral que se manifiesta y difunde a través de ellos.
Partiendo de que su principal finalidad es satisfacer
las aspiraciones del público mayoritario que asiste a los corrales de comedias,
Lope afirma escribir
[…] por el arte que inventaron
los que el vulgar aplauso pretendieron,
porque, como las paga el vulgo, es justo
hablarle
en necio para darle gusto.
Sin embargo, el Fénix de los Ingenios anduvo
sobremanera humilde en definir su escritura como habla necia, pues los versos
del dramaturgo no solo acompañan la acción de un modo tan perfecto y natural
que pronto resulta fácil olvidar que nos hallamos ante encorsetadas formas
métricas, sino que estos, además, se elevan con frecuencia majestuosos,
ofreciéndonos un recital de alta literatura donde el autor despliega las excepcionales
dotes del gran poeta que fue. El teatro de Lope y su escuela es —no debemos
olvidarlo, a pesar de su pretendido popularismo— un teatro eminentemente
literario. Todo su acierto es fruto de la palabra. Nace del texto y en este
reside todo su potencial. Frente al valor otorgado en las últimas décadas a los
aspectos no literarios del teatro, contemplado desde la plasticidad del
espectáculo escénico y estudiado desde la perspectiva de la representación,
realzándose los aspectos técnicos y humanos que hacen posible la puesta en
escena, es necesario seguir recordando que, durante siglos —en nuestra
tradición occidental—, esta no ha sido más que la culminación de un proceso
iniciado siempre —salvo puntuales excepciones— en el texto. Lope de Vega, el
más prolífico dramaturgo de todos los tiempos, fue, por encima de todo, un
hacedor de vida a través de las palabras y un poeta.
Vida y ficción se entrecruzan en la obra literaria del Fénix de los Ingenios de manera inseparable. Los ingentes estudios sobre el autor han puesto siempre de relieve la importancia de sus azares biográficos en la confección de su escritura, sobre la que repercuten y se proyectan. Una vida plena de amor —y amoríos—, al servicio de la nobleza, y consagrada por entero a la literatura; actividad a la que pudo dedicarse profesionalmente y le permitió un nivel de vida reservado a pocos en aquel tiempo, gracias a las pingües ganancias que obtuvo con la venta de sus comedias, cuyo número impreciso parece que superó ampliamente el millar, de las que se han conservado —y ya es bastante— varios cientos. Fue tanta su fama que incluso se le atribuyeron en su tiempo, como reclamo publicitario, piezas que nunca escribió.
Ya hemos señalado que las obras del teatro áureo
reciben de un modo general la denominación de comedias, aunque existe una
variada tipología de estas en función tanto de los asuntos tratados como de su
ambientación o de otros aspectos; incluso se denominaron así textos que podrían
ser adscritos al ámbito genérico de la tragedia o, con mayor propiedad y
frecuencia, al de la tragicomedia. Y todo lo cultivó Lope. Además de piezas
breves —loas, entremeses—, entre su producción podemos encontrar comedias
religiosas, comedias históricas, de costumbres, mitológicas, pastoriles… Pero
es sin duda entre el grupo de obras de ambientación histórica y costumbrista
donde se halla la mayor parte de los mejores y más conocidos textos del
dramaturgo: El castigo sin venganza, El mejor alcalde,
el rey, El caballero de Olmedo, Fuente Ovejuna, Peribáñez
y el Comendador de Ocaña, El villano en su rincón, La
dama boba, El perro del hortelano…
Este texto
pertenece al libro de José Luis González Subías Literatura y escena.
Una historia del teatro español, publicado en 2019 por Punto de Vista Editores.
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