La cultura corriente es un repertorio de recursos comunes, los códigos que nos rigen, las costumbres que nos obligan, los artefactos que nos sirven para sobrevivir colectivamente. Todo vestigio del pasado puede ser tomado como fuente autobiográfica, biográfica e histórica: sobre distintos soportes se han volcado diferentes percepciones del mundo, formas de ver y de hacer. Los historiadores culturales nos muestran y prueban algo evidente: que los individuos ven y hacen colectivamente y que algunos se salen de la norma valiéndose –eso sí– de asideros compartidos: heredados o ahora por primera vez ensayados.
Los seres humanos somos capaces de lo mejor, de los logros más eximios.
Somos igualmente capaces de modificar y edificar nuestros entornos materiales,
de establecer instituciones políticas, de protegernos de la naturaleza y de los
otros, de elevarnos a lo más sublime, de afirmarnos y de rehacernos con las
grandes o pequeñas creaciones del intelecto o del genio: desde la religión al arte,
desde la ideología a la literatura. Pero al
mismo tiempo los seres humanos somos igualmente capaces de lo peor, de
las mayores villanías.
Es ya un tópico citar a Walter Benjamin para este
menester, pero resulta obligado y preciso: no existe documento de cultura que
no sea a la vez documento de barbarie. De eso, de los documentos como expresión
de cultura y de barbarie, dan cuenta los historiadores. Punto final.
[Este texto de Justo Serna pertenece a su artículo ‘El monstruo de Auschwitz’, que apareció el 26 de marzo de 2014 en la revista Anatomía de la Historia]

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